BeTa 18. Despiste de Madrugada

Pasos de Madrugada – FotoTangoUno (2007)
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Se guía por los tenues reflejos de luz de los faroles sobre los glúteos enguantados de la Dra. Ingrid DiManso, transformada de Geóloga y Asesora de Imagen de la Mina a Cielo Abierto a Gatúbela Guajira montada sobre ruedas tangueras. Las luces, la inclinación de los cuerpos, una señal de pierna, un desvío conducen al Reta, con Ercilia pegada a su espalda, por los vericuetos de la capital indígena de La Guajira, que no se resigna al sueño, aunque ya no vea los puntos negros de las fichas de dominó sobre las mesas callejeras.
Por momentos aflora en la cintura de Ingrid, entre el pantalón y la chaquetilla, el tatuaje de una mariposa color azul, rojo y piel. Al inicio de la separación de los glúteos. La Región hipnótica por donde a las caderas les crecen piernas. Los tatuajes solían ser para marineros, brujas, putos y bicicletas. Los duros de Asia. Gente de mar. Debajo del cóccix, los acordes musicales. Ahora los tatuajes son murales con mitos de creaciones transbarriales. Para quitárselos, había que pelar la mancha e injertar músculo y piel. Angustiosos arrepentimientos. Hoy borran, sin dolor, todos los nombres del Amor, de Dios y de las Vírgenes de los Remedios, hasta el Centésimo Atributo de la Deidad, sólo con láser, gelatina etílica y anestesia local. Dejan como nuevo el carenado y que Dios nos perdone tanta lujuria en el pensamiento, tanto verbo pecaminoso, tanto abuso a la piel que nos dio el color que había en bodega y convenía con las circunstancias. A su infinita Misericordia nos entregamos en Humilde Ruego por el Indulto y la Bendición. El Reta divaga por sus senderos del Creacionismo Darwinista porque el paseo, de a poco, le quita el peso del orden y le deja soltar un poco las riendas.
Como ese hombre que entró a la sala de emergencias del Hospital General de Alburquerque con una flecha de ballesta clavada en el esternón, en el corazón mismo de la Virgen de Guadalupe que allí tenía tatuado. Intentó suicidarse. Se arrepintió. Caminaba sin ayuda. Preguntó si alguien se la podía sacar. Decía que era el Milagro que esperaba. Que su vida cambiaría. El cirujano de guardia era excelente, pero no devoto. Ningún órgano vital afectado. Volvió a su casa caminando. Se quedaron con la ballesta y las flechas. El hombre conservó la punta recuperada. Todo bien hasta que se vio la Virgen en el espejo cuando le quitaron las vendas. Lloró de furia. Cuando regresó al Hospital, se arrancó la camisa y le mostró el pecho a una médica de su tierra. Resultó que, ya quitada la flecha y reacomodado el costillar, el cirujano y la enfermera cosieron las tres capas del tajo inicial, pero no notaron que los puntos en la sutura final de la piel deformaba el rostro de la Virgen de tal modo que su benéfica sonrisa se transformaba en una morisqueta diabólica. Con la doctora salvadoreña, lo metieron sin trámite en un quirófano desocupado. Ella, graduada de cirujana en el Chalatenango de los ochenta, descosió, cortó y, en menos de seis horas, le dejó la Virgen mejor que antes del flechazo, le resultó con un parecido a Madonna, en paz con sigo misma.
El cirujano se llamaba Alberto y pensaba que lo importante era ganarle otro round a la muerte sabiendo que la pelea termina en K.O. uno en la lona y ella toalla al cuello y con el brazo en alto. A Elias en cambio le preocupan los asesinatos, la muerte de uno intencionalmente causada por otro. La frialdad o la pasión, la indiferencia o el goce. Eso le preocupaba desde la guerra. El Reta cree que debiera ser la eutanasia: el derecho a apagar el televisor cuando se empieza a cabecear, y la obligación de los demás de acercarle el control remoto, si es que no lo tiene a mano. Entendió lo que era una vez en un circo de pueblo mirando el payaso que cabalga parado sobre dos corceles, los brazos abiertos al público y la sonrisa plena, en círculos y sin riendas, una pierna en cada montura, nariz colorada, peluca naranja, zapatones blancos y la caida sobre el aserrín, las risas, los aplausos.
Sale de lo del suicidio con ballesta y los payasos del circo cuando deja de ver las luces de la Freewind y las formas de Ingrid DiManso. Ellos se habían desviado por un atajo empedrado. Ercilia le señala el camino y se reencuentran a un par de cuadras, frente a una luz roja sobre la avenida principal.

Tripping at Dawn – Gino Lofredo (2009)
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Los cuatro se acomodan bien para el paseo. Gestos de asentimiento. Todo en orden. Seguimos. En ese momento, el Reta se siente tan bien plantado, joven y simpático como cualquiera, pero sabe, también, que ese golpe de euforia le toca siempre que se mete en algo que no sabe cómo terminará. El Reta, en realidad, es un viejo jubilado. Entra al cine con descuento y cuando viaja en transporte público no le cobran. Sin la afición por la Africana estaría aguardando frente a alguna iglesia, junto con otros creyentes con ocasional incontinencia, la extremaunción y los trámites del seguro social. El Reta duplica la edad de un futbolista que, por bueno que sea, debería colgar la camiseta.
Lo de la edad es a propósito de que el Reta, Ercilia y la Africana, juntos, pesan 400 kilogramos. Y ruedan sobre dos superficies más pequeñas que una arepa. Ha sido un día largo. Está caliente con Ercilia. Noche de luna y arena. Caliente, con la vida. Las rodillas le preguntan cuándo se va a hacer aspirar las migajas de meniscos, estirar y picanear los tendones: frontal, cruzado interno y externo, y limarse las asperezas del lado oscuro de la rótula; y una sopleteada general, para sacar tanto polvo recogido en el camino. Rodillas Quejosas, Inestables, Crocantes, Flojas. Sólo el Bastón de la Eterna Juventud las calma, las hace descansar y despiertan mejor, menos antipáticas. De vez en cuando recurre al Anti-inflamatorio no Esteroide de Moda: Los AIMES. Y en esta fase del viaje ha vuelto a la Cafiaspirina y al Diclofenaco Sódico disfrazado por Passion Voltarén, Quartier du Bossu, Rive Gauche, Paris XXI; tabletas, inyectable o á la Crème de Mousse.
Pero las molestias han disminuido notablemente desde que el Bastón cobró fuerza y se enraíza el gusto por Ercilia. Retomó el hábito vespertino de rodar una botella muy helada de cerveza por los muslos y alrededor de las rodillas. Un rodillo helado sobre todo lo inflamado y, recién entonces, destaparla y beber. El Frío y la Fe en que Diosito protege a los borrachos, a los enamorados y a los ancianos que prefieren la moto en solitario que el geriátrico con visitas de familia o sin ella. Y así, con el Reta repasando remedios, salen las dos parejas en fila, por la calle principal, hacia la ruta, las trochas y el mar. Las máquinas cien por cien. El Factor Humano siempre caprichoso.
Un altoparlante atornillado a la torre de una iglesia despintada bochinchea doce campanazos de lata como si fuera medianoche. Ignora las agujas del reloj de la misma torre, que marcan la una y cuarto. Todos los semáforos parpadean amarillo. Ambigua cautela. Poca gente afuera. Un bicitaxi descuidado llega a la intersección y es sorprendido por las luces. Pablo apura la Freewind. El Reta calma la Africana. El muchacho no modifica la trayectoria ni su velocidad y pasa, justo y sin contacto, entre las dos motos. Una brisa mínima pero torcida hubiera certificado la triple convergencia y el consecuente mondongo policlasista a la criolla.

Dunas de Puerto Estrella – La Guajira – Foto Alejandro Cock Peláez (2009)
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Un camión de limpieza avanza al paso que pautan los tres hombres que recogen, escogen y embuten basura en el hueco donde aguarda la pala de compresión: cóncava, maciza, implacable. Espontánea coreografía en los movimientos, desde que cada cual levanta los deshechos al filo de la vereda y, sobre la marcha, mira el contenido, gira sobre sí y lo revolea hacia el hueco. La separación por cotización continúa: cartón prensado, plásticos diversos, vidrios, latas de aluminio, cable.
La avenida se ensancha al alejarse del centro de la ciudad. A los costados: llanteras, mecánicas y comedores. Una gasolinera con poca luz y una cola de camiones esperando que llegue el Diesel de la madrugada. En las cabinas, conductor y acompañante, hombre y mujer, a veces un niño. Dormitorio, cocineta enchufada, poemas de noticias en la radio, cucheta doble arriba y acondicionador de aire: sin porteros ni vecinos, adentro, cóctel y amor, vallenatos solitarios y una gata porcelana, para que no maúlle de celos. Brocas, ronquidos, gritos y risas empañados de placer.
Todo va cerrando. Alguna luz cuelga de un tirante de zinc sobre un catre sudado. Parpadeos de color en una pantalla de video hablando sola.
Al acercarse al cruce del ferrocarril, Pablo toma un desvío largo y el Reta lo sigue, rodeando la construcción del paso a desnivel para el Hombre de la Carga. El desvío es de tierra arcillosa con arena gruesa y ripio sin compactar. En esa superficie, las motos cambian de personalidad. Cambian de actitud. Como lo haría un caballo si presintiera la presencia de una serpiente. Y los jinetes cambian de postura: desplazan el peso hacia delante, estiran cuello y espalda. Ponen más peso en los estribos y menos en el asiento. La ligera flexión de piernas amortigua el trote, y máquina, conductor y acompañante se mueven casi como si fuesen un solo ser. Baja las luces. Se enfoca distinto el camino. Los ojos se mueven con rapidez. Hay más datos que evaluar en la textura. Se levantan los codos y se alertan los brazos. Divisa flotante. Brillan los ojos de un animal. Una iguana encandilada cruza la carrera, un galope torpe, asustado. Hay vida rebuscando en un oscuro montón de basura.
El camino sube hasta nivelarse con las rieles. Los de ida y los de vuelta. Detienen la moto entre las vías. Ercilia destapa el celular y toma la foto que los de inteligencia le mostrarían después para refrescarle la memoria. Un tricitaxi los pasa, pedalista y pasajero los miran con el interés que atraen los extranjeros en cualquier lado y los que están a horas extrañas en sitios solitarios. A ambos lados del cruce: las líneas de acero, los puntos de fuga. Por la derecha, reflejan la luna. Por la izquierda, se muestran más oscuros que los durmientes en que se apoyan. Salen del trecho de tierra y toman la vía en construcción, hacia el puerto y las playas.

Rieles de Uribia – Foto Gino Lofredo (2009)
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¿En qué estaría pensando el tatuado con la Virgen cuando decidió suicidarse con un flechazo de ballesta en el pecho? ¿Cómo se habrá acomodado para disparar? Detalles. Fácil no pudo haber sido.
Aventureros
Por Carlos Vives
Después De Andar Por El Mundo
Sin Parar Por Un Segundo
Robando Besos Y Amores
En Cualquier Lugar Oscuro.
Después De Vivir la Vida,
Sin Saber Cuál Era El Rumbo,
Viviendo Cada Momento,
Sin Pensar En El Futuro.
Llega Alguien,
Capaz De Quitarte El Aire,
Y Ese Alguien Cambia Todo
Y no Cambia Nada
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Rieles en Cruce de Uribia – Vanishing Point – Foto Gino Lofredo (2008)
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Aroma de Tanguera – Foto Jey-Heich – Tango (2008)
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[...] BeTa 18. Despiste de Madrugada • Julio 1, 2009 • Asombro, Commodities, Desequilibrio, Eros Thanatos, Fotos Lofredo, Gino Lofredo, Literatus, Love, cuentos y leyendas, motorcycles, narrativa latinoamericana Aparicio Retaguardia, bandoneón, Camus, Canetti, caribbean, Carlos Vives, dance, Danger, Diesel, Escalona, Frankel, Fromm, Gabriel García Márquez, Guajira, Haddock, heels, indígenas, jazz, knees, La Tregua, Latin Dawn, Latin Jazz, leather, Mario Benedetti, Milongas, motorcycles, narrative, Night, Peligro, photography, piernas, political dinosaurs, sax, saxo, saxofón, saxophone, SouthAmerica, Sudamérica, Suzuki, tacones, tacos, tango, Tintin, Tournesol, vallenato, violines [...]
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