Portal de las Estrellas (1)

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Paramo del Portal cut VVV

Páramo de Niebla – Cordillera de los Flamingos (2007)

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Le ordenaban salir de la ciudad bajando hacia la costa por las carreteras saturadas con el flujo tenso de los que buscan el mar para descargar en él todo el voltaje urbano que no se aguanta quieto y les funde el cobre, les quema las correas, le corroe los rulemanes y hace sangrar los frenos sobre el pavimento, como si tanto fracaso nervioso les hiciera evacuar oxido ferroso.

Las instrucciones de traslado y escape estaban raspadas sin tinta sobre la cara interior del envoltorio encerado de una barra de Maníchoco,  estrujado y embutido en un hueco detrás del ladrillo suelto marcado con una “V” rodeada por un círculo de tiza blanca, de trazado reciente y medio perdido entre el graffiti con el que la nueva generación,  saturada de hormonas y plomizos residuos de combustión busetera recicla a gritos verdades de agua tibia y justas aspiraciones genéricas de amor, libertad y deleites diversos.

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Ellos, Los Responsables del mensaje detrás del ladrillo marcado y flojo, querían que Él – que ya podemos apelar Aparicio, Don Aparicio Retaguardia, el nombre cariñoso con el que identificaremos a nuestro personaje durante las aventuras que se avecinan y que el lector conocerá poco a poco en estas Hojas de Ruta,  repitamos: Los Responsables quieren que Aparicio Retaguardia se mezcle con su Africana motocicleta entre los arrebatados del puente festivo del jueves al domingo, con los que salen exhaustos de la capital y llegan moribundos a pisar descalzos la arena con el tiempo justo para tanquear jarabes con aguardiente; dispuestos a ensordecer hasta la ceguera con éxitos musicales de ayer, de hoy y de siempre, con los bajos amplificados hasta el filo mismo de la combustión espontánea; en ayunos engañados con chatarras de sal en funda; ansiosos de embuchar rechazo de mariscos enjuagado con cerveza, y cachos de serranos sobradores, tragar y expulsar, hasta caer de rodillas, rendidos sin condiciones, agradeciendo en vómito de lágrimas los garrotazos del obligado descanso patriota y festivo.

Ellos, Los Responsables, le ordenaban hacerse parte del descenso al infierno en el que dan Siga y Luz Verde hasta a la Pantera Rosa pedaleando un triciclo. Mezclarse con su moto entre la desesperación y enrumbar oportunamente hacia el destino señalado y requerido. Aparicio admite cierta lógica en las instrucciones: en ese bacanal peregrinaje el veterano motociclista barbiblanco no llamaría mayormente la atención de los controles de ruta y los llamados a moderar la velocidad, a no rebasar en curvas y a no conducir con alcohol en la sangre. Es decir pasaría más o menos desapercibido siempre que Los Otros, léase, los otros interesados en interceptar su salida del descanso sustentable, y promover su desaparición repentina. No se notaría su salida salvo que Los Otros fueran previamente advertidos de su aspecto, su ruta y sus horarios.

En el mismo envoltorio de Maníchoco, y también sin tinta, raspó confirmando el recibido de las instrucciones. Puso el código de fecha de partida y el nombre del próximo punto de encuentro en el país contiguo: un balneario agradable y tolerante de la diversidad y los perfumes fuertes a un centenar de kilómetros al Sur de la frontera.

Salió dos días antes de lo indicado en el Maníchoco. Salió antes de medianoche y en dirección contraria. No bajó hacia el Pacífico sino que subió hasta el callejón de los volcanes entrando y saliendo de los caminos empedrados siglos antes por conquistados, rebeldes y cosmonautas campesinos para que por allí pasaran bestias y carretas cargadas de alimento y vida por un lado, y hombres blindados de paso hacia uno y otro destino para extender conquistas y descuartizar alzados disconformes.   Salió hacia el Noroccidente porque ni a Los Responsables, ni a Los Otros, advertidos o no advertidos, y ni siquiera al mismo Aparicio Retaguardia se le ocurriría que quien siempre soñó ser Jason Bourne, el de la identidad perdida, la supremacía recompuesta y el ultimátum en juego, trataría de cruzar por el Portal de las Estrellas.

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Es en uno de esos tramos solitarios y de niebla fría que Aparicio nota los primeros temblequeos del velocímetro: por momentos marca los sesenta por hora que debiera  y de pronto baja a treinta y a cero y trepa de vuelta a cien cuando la moto se desplaza al paso de las pastoras y sus corderos. Tiembla. ¿Querrá decirle algo la Africana al viajero? Algo como “¿Estás seguro de esto, Aparicio?” En realidad es  Aparicio el que se pregunta eso mismo pero prefiere endosarle las dudas y los naturales temores que siempre se presentan al inicio de un viaje largo, con metas poco claras y atravesando territorio arrabalero.  Zonas firulete. Partes con quebrada y sentadita. Eso es lo que Aparicio siente y esas son las preguntas que se hace pero como parte de sus cábalas centenarias se las endosa a la Africana que sabe y se calla porque de tonta no tiene una tuerca. Sigue saltando la aguja. ¿Parkinson? Que se sepa nadie ha demostrado que baja disponibilidad de dopamina afecte la estabilidad de los velocímetros de motocicleta. Pero son espasmos los de la aguja. Espasmos que hacen pensar en animal lastimado malherido.

Habla el Mecánico: Lo que sucede es que el tornillo sin fin del cable que cuenta las vueltas de la rueda delantera está gastado y deja de topar. Justo acá y ahora le da por dejar de contar. Acá y ahora: mirando desde la ceja de montaña a través de la niebla el acercamiento al Portal de las Estrellas y el Cruce. El mecánico: Cuando zafa el velocímetro no empuja las cinco ruedas dentadas del cuenta kilómetros   que marca con tesón los 54,671 kilómetros recorridos tallando en granito y callos bolivarianos el sueño del 68 cuando esto empezó para Aparicio Retaguardia y no acaba.

Cuando la aguja deja de moverse y se acuesta en cero, el cuenta kilómetros se traba en su cifra, en esos cinco números y en ese orden 54,671. No son casuales. Significan mucho pero no son fáciles.  Requieren cariño y respeto para dejarse leer.  Cariño y respeto que piden tiempo la única que cuenta cuando se nota la escasez.  Noches en vela en que habrá todo el silencio y todas las horas necesarias para hablar de números. Tiempo que se hará presente cuando sea oportuno, del otro lado, una vez cruzado el trecho de los ojos y los documentos. Números. Sitios recientes y no tan recientes de residencia. Lista larga. Pero el viajero ahora asume con soltura su identidad. Es lo que es y no tiene nada que ocultar. Realmente no tiene nada que ocultar. Es un viejo jubilado que viaja en moto por las Américas porque siempre quiso hacerlo y nunca tuvo ni la plata ni el tiempo y ahora sí los tiene: la plata que no es mucha y el tiempo que aunque contado es más elástico que en otros tiempos, y casi no tiene apuro.

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Apocalypse 4 jinetesw79
Los Cuatro Jinetes: Guerra, Hambre, Plaga y Muerte. Albrecht Dürer’s Apocalypse, Nüremberg, 1498
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Así, con los números quietos, llegó a la Laguna de los Pájaros cuando empezaba a aclarar por detrás de la cordillera oriental y las aves rosadas asomaban la cabeza cobijada entre las plumas con el pico apuntando al rabo. Cada bolilla en su sitio los números cantados, cartas echadas. Con eso habría que arreglarse durante el resto de la jornada. En las cincos horas desde la salida de la ciudad había recorrido sólo doscientos kilómetros de trocha y empedrado cuando llegó a la bifurcación. Doscientos kilómetros de soledad y ensueño, versiones de libertad.

La vía izquierda es más ancha y siguiéndola sin mayor misterio y sin ocultarse se llevan corderos y cabras, algún chancho amarrado en carreta o en el cajón de una camioneta,  tarros de leche aún tibia balanceándose al paso de burros y mulas. Las mujeres encorvadas de espaldas pero mirando firme al frente cargan morrales de yerbas de sanar y especies de cocina y encurtir para el mercado fronterizo. Es en la madrugada y al atardecer que esas trochas están más transitadas.

Por la derecha el camino se vuelve estrecho y por momentos se esconde. El empedrado escasea y los charcos de lodo se confunden con la maleza por donde se oye escapar el agua como si fuese fauna viva. Una vez cree haber recorrido ese sendero en bestia.  En tres días de frío y fiebre llegó hasta la falda norte de un volcán de selva que roncaba y daba vueltas como si se desperezara y estuviera a punto de despertar. Cuando reventó quizá por la emoción de sentir cerca de Don Aparicio se pasó cuatro semanas lanzando petardos de vapor, ceniza y rocas al rojo sobre el bosque nublado hasta que se le agotó el agite y se quedó dormido con un suspiro de buenas noches.

Es el sendero que se toma cuando el cruce debe ser invisible o fatal, el único posible o el último. Esa vuelta es para bestias y guerreros. Por allí las ruedas son un despropósito. Allí se pierden hasta los árboles, las brújulas se tuercen y los GPS señalan curvar a la izquierda en la próxima intersección para subir al Brooklyn Bridge. Se pierden en la selva y si alguna vez asoman al descubierto y ven cielo, sienten que el vapor de insectos les ha digerido la memoria del porqué están donde están: sitios en los que sólo Dios y la Agencia pueden ver los quanta de luz reflejados en el machete y su ausencia en el sudor de las axilas. Enmascarados.

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Iglesia de la Virgen de Lajas – Nariño – Colombia (2007)

Aparicio detiene la moto al costado de la acequia cargada de agua puara de las fuentes del nevado. Apaga las luces gemelas y desmonta. Se  agacha y se arrodilla a beber agua helada. Se quita el casco y el pasa montaña y se moja la calva, la barba, los ojos, los labios resecos.

Deja pasar la caravana hasta sentir el silencio en la niebla. Está bien arropado. Cuero, botas y poncho negro impermeable. Filtra el aire helado a través de dos vueltas de bufanda de lana gruesa y olor animal. El pasamontañas le oculta la barba. Los ojos claros lo señalan como afuerino. Y la moto del viajero callado, amante del camino, perdido quizá. Aparicio se mezcla con el silencio, casi invisible inmerso en la neblina y el rocío.

Retaguardia separa lo que llevará, siempre demasiado a último momento; duplicados, por si acaso; copias de documentos y billetes en escondrijos: cinco por acá, cinco por allá, uno bajo la plantilla, otro con las herramientas.

Hasta los dos cilindros de la Africana ronronean con calma junto a los mugidos y el claqueteo de los animales que se alejan. Se llena de los rumores del amanecer.  A esa altura debe respirar hondo y metódicamente para nutrirse del aire liviano. No tiene ni necesita altímetro. A su derecha intuye otras lagunas de páramo. La vegetación es corta y se amontonan las plantas en colonias para conservar el calor diurno y prosperar. C lavado en un tronco hay un rótulo con “4300 Metros”  pintado de verde con una brocha de pelo grueso y despeinado. Piensa que está un poco más alto. Los charcos en la trocha están cubiertos de una capa de hielo que no desaparecerá hasta la media mañana cuando caliente más el sol.

Se mueve evitando cualquier esfuerzo dispensable, aspirando y soplando regularmente, llenando y vaciando el pecho. Su corazón late más rápido. Se imagina los ejércitos de glóbulos rojos buscando en el laberinto de conductos,  bronquiolos y alvéolos el sitio justo para el cambalache de oxígeno, carbón y energía en cada bocanada de aire. No dan abasto. Están acostumbrados a una presión más alta. Más valencias disponibles. Dióxidos sacando carbono dispuesto a vegetalizarse bajo el sol. Inicia el descenso para evitar que la escasez de oxígeno lo inmovilice en un momento impropicio.  Avanzando reconoce que se encuentra al filo del balcón de montaña desde donde por momentos distingue, a través de la neblina y por debajo de las nubes, la última ciudad previa a los controles de aduana y migración, para las mercancías, las personas y los derechos intelectuales que ahora también requieren cédula y visa de turista o negocios.

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El río y el puente permanecen ocultos en la espesura grisácea e inquieta. Cada tanto le llega desde abajo un soplo hondo y largo, campanazos, y entre las bocinas camioneras, un recurrente silbato agudo como si alguna industria hiciera sonar la cuenta regresiva hacia el inicio de la jornada laboral. La niebla se espesa alrededor de la línea misma de la frontera y esconde casi todo el más allá de las barreras donde se atraviesa el espacio casi gelatinoso que parece sostener en tensión como una membrana jabonosa el arco macizo y afilado hacia adentro, un círculo casi completo de rocas talladas en calza romana.  Un largo y denso desfile de despedidas y augurios ambiguos de pronto retorno.

El espacio tan denso que al acercarse el viajero lo siente esférico, resistente y adhesivo. Atravesando las ráfagas de viento que se revuelca en la estrechez de la quebrada bajo el puente distingue más adelante las letras borrosas de otros rótulos, pancartas y pintadas. Imagina consignas de patria, advertencias sanitarias, influenzas, aftosa viral, la roya cafetera, Hemileia Vastatrix, Uredines, hojas rojizas, para la buena salud, y la seguridad personal, votos de felicidad y buenaventura. Un espacio de despedidas abruptas y bienvenidas cautelosas. El Portal de las Estrellas, el cruce donde despierta del sueño la razón y empiezan más allá los temblores de fondo. Cosquillas violentas. Esas entre las que duelen y las que aflojan las lágrimas hasta matar de risa.

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Antes de entregarse sin condiciones al papeleo  Aparicio quiere pan de yuca con queso de hoja y yogurt. Una jarra cervecera llena de sumo de mora de monte con naranja recién estrujada. El color de la sangre, el sabor del trabajo, la chispa del amanecer del día en que todo es posible.

El Marqués del Yogurt y Pan de Yuca dice ser de Popayán aunque suena más cafetero y despierto. El puesto de su comedor de frontera no podría estar mejor ubicado. Todo el que paso lo ve y desea lo que ofrece. Un puñado de muchachos y niñas lleva, pasa, cobra y vuelve. Cómo consiguió que lo dejen trabajar allí y cuánto le cuesta al mes en repartos no lo sabe ni la Agencia. Es el punto donde todo el que pasa mira y se deja mirar. Vende nostalgias al que se acerca y al que se aleja. Al que escapa y al que regresa. Al que está de paso y al que difícilmente se lo vuelva a ver por allí o por cualquier parte.  hace su vida vendiendo nostalgias tanto al que llega para entrar como al que sale y se va sin saber para dónde ni por cuanto tiempo. Solo que va hacia lejos y por el tiempo que le tome a su gente separar lo propio de lo ajeno y desenredar las cuentas pendientes.

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El Marqués del Yogur y Pan de Yuca se interesa en el viejo Mosquetero jubilado Don Aparicio Retaguardia, el Viejo del Sur con su moto tan pasada de moda. Ya leyó la historia en las calcomanías de la Africana. En las cicatrices del viajero. El cuero curtido. Los parches en los golpes. ¿Y a dónde dice que se va de vacaciones? ¿A La Guajira? ¿Y a qué? A ver, cuénteme pa’ qué. No me diga que le gustan las Indias al carbón Wayuu. El Chivo. La arena encendida. ¿O piensa seguir a Maracaibo? Porque ahí sí que la papaya es dulce y con aguardiente… Eso sí es un cangrejal…

El Marqués habla sin pausa, sin dejar de atender las órdenes, el horno, la licuadora y los muchachos que van y vienen con precisión de leche entera y larga vida en el cruce. Habla sin pausa y mira el rostro del viajero tomando nota de cada reacción a su jugueteo del Divino Adivinador. Lee al cliente como las Gitanas la palma de mano y la baraja española. Pasado, presente y futuro.

¿Busca una maracucha que le quite los achaques y le destape los carburadores? Si es eso tómese un avión y llega descansado. Hace su negocio y tranquilo se va de vuelta a su cuchito.

Aparicio dice que la moto y él son uña y mugre y que van juntos o no va ninguno.

“Pues hombre no quiero desalentarlo — dice el Marqués – de verdad no quiero quitarle el entusiasmo.  Pero escúcheme  bien: es que lo más seguro es que le roben la moto y que a usted lo levanten y se lo lleven al cambuche o me lo maten por el gusto no más de verlo acostado. Yo de usted agarraba mi motico y me iba en el término de la palabra para otro país. Eso ya pasó en Colombia: un Argentino se dio a la innecesaria tarea de recorrer el continente en bicicleta y no tuvo problema hasta que pisó Colombia, nuestra tierra querida, y ahí mismo le robaron la bicicleta y por poco le empacan una puñalada. Ojo, allí el que da papaya se devuelve sin nada pa’ su casa maldiciendo la mala decisión de ir a conocer ese muladar.

Suerte que no quiere desalentar — Su Merced el Marqués — porque con ese discurso estimulante ya casi cancelo.

Cancele hombre, mejor cancele. Vea yo tengo una hermana en Zurich que se hizo Asesor de Imagen, imagínese, se puso su Salón y me dice que allí sí que se siente seguro. Y en moto también. Esos caminos. Nada de baches ni pesca milagrosa ni que vacuna. La maravilla. Yo me fuera pero tengo obligaciones, familia. ¡Y dos nietos mellizos!

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V RoseLiberté, Fraternité, Égalité – Paris 1789

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Gracias Lajas cepia

Acción de Gracias – Portal de las Estrellas – Nariño – Colombia

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~ por lofredo en Octubre 2, 2009.

2 comentarios to “Portal de las Estrellas (1)”

  1. [...] 1.0 Portal de las Estrellas [...]

  2. Por fortuna Aparicio no prestó atención al Marqués y continuó con su aventura. Al fin, Colombia no es tan mala como muchos compatriotas la pintan. Siento tristeza de haber llegado tan tarde a este sitio y por unos meses haber perdido la oportunidad de conocer a Aparicio Retaguardia a su paso por mi amada Antioquia. LuisFo

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