23. La Máscara Roja – 1842
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Mañana Tormentosa – Mezquita Omar Ibn Al Khattab – Maicao, La Guajira, Colombia – Gino Lofredo (2009)
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Con una tenue y brumosa claridad insinuándose por el oriente, El Reta y Ercilia detuvieron la Africana a un costado del Hostal de Américo. Callado el motor y quieta la cadena, los piñones y los rodamientos, sólo oyen por dentro el zumbido estable que la vida esa noche les amplifica con algún megavatio de desmesura.
El metal de la Africana suelta calor y cruje. Al quitarse los guantes notan el ligero temblor de las manos. La tensión en las piernas entorpece los movimientos. Sienten la necesidad de estirarse. Tienen la boca seca. Quieren agua. Detrás o más allá del zumbido interior se hace más notorio el silencio que acolcha en algodón el barrio árabe. Por primera vez Ercilia contrasta el recuerdo de las mañanas rumbo al colegio con la soledad y el abandono del presente. El Reta no vivió aquello pero lo percibe en el rostro de la mujer: al fogón de la aventura, se le agrega un principio de cansancio, un suspiro de tristeza.
Se miran y les brota una sonrisa callada: parecen actores maquillados para hacer de negros zapateando con bastón y polainas en una película muda. Caricaturas de las caricaturas. Están cubiertos de polvo de arcilla y carbón, empastado de sudor, de labios mojados y aliento abierto hasta el fondo del pecho. Ahora lo único blanco son los dientes. Un ruido les hace buscar movimiento alrededor. Es el tintineo del cencerro de una cabra guía. Les tomó unos instantes identificarlo pero eso es lo que es. Se la escucha pero no se la ve. Es de las manadas que solían pastar detrás de la cancha deportiva del colegio. Ésta es la que se quedó sin rebaño.
El Reta acerca la frente a la puerta del Hostal buscando cómo entrar. Oye los ronquidos del sereno acurrucado en el sofá frente al mostrador de recepción. Atraviesan sin tropiezos el centímetro y medio de vidrio de seguridad con las calcomanías de Visa y Master Card, la Tres Estrellas del Ranking de la Cámara Guajira de Turismo. El hombre que ronca está semi cubierto con una cobija de retazos, un cestón gastado, un poco deshilachado en los remiendos, acostumbrado a contar historias hasta apagar las velas. Está descalzo y un pie le cuelga junto a una cartuchera de la que asoma la culata negra de un revólver con el cilindro abierto y sin balas. Las puertas están trabadas por dentro con un madero atravesado en los manillares. El hombre esconde la cara contra el respaldar del sofá y se acomoda bajo la cobija. No quiere oír los golpes en la puerta. Toce con fuerza, se sacude, traga y vuelve a roncar.
No hay luces encendidas en las calles ni los edificios que rodean el Hostal. El resplandor contra las nubes viene de reflectores lejanos, los cercanos al cruce de frontera, los del otro lado. Tampoco se oye el rumor de los camiones que normalmente a esta hora están encendidos, los chóferes tomando tinto con pan de yuca, midiendo presión de llantas, listos a rodar.
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Cruce de Caminos – Ruta 40 – Patagonia Argentina – Última Llamada – Foto Gino Lofredo (2006)
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La ciudad está vacía y no parece la misma en que transitaban la víspera, antes de las vivencias de Ercilia y sus primos, de la trocha ciega de luna y del carbón descarrilado, las tropas y los reporteros. “No importa Papi”, dice, “Seguime y te muestro como Dios ve salir el sol en Maicao”. El Reta toma su bastón con firmeza y la sigue sin dudar, como si empezar un juego de escondidas a esa hora de la interminable madrugada fuese la más natural travesura para el veterano y la doncella antes de irse a dormir o encontrar un desayuno. La sigue a un tranco desparejo, apoyándose una vez más en la pierna izquierda y la siguiente apostando casi todo al bastón milagroso. El dolor sigue allí, agazapado, pero alerta. El Reta hace de cuenta haber olvidado cómo usar la pierna derecha, más aún hace como si ya no la tiene. La lleva colgando medio encogida entre un salto corto y el siguiente, como un escolar llevaría su mochila a la carrera para estar alineándose por altura con los compañeros cuando suene la campana matinal y cierren el portón general.
Ercilia trepa el cerco alambrado del Colegio y cae en cuclillas del otro lado. El Reta la sigue con torpeza pero también logra trepar, como si por momentos el batón le quitara peso y le hiciera insensible al dolor. Caminan por el patio de recreos que es un rectángulo del tamaño de una plaza de pueblo chico. Está recubierto de cemento encauchado verde oliva sobre el que están pintados con prolijidad los límites y señales de las canchas de basket y de volley. El patio está rodeado por un pasillo cubierto que ampara la entrada a las aulas y sus ventanas amplias y abiertas. Adentro se intuye el escritorio del maestro y los pizarrones antiguos, de hojas deslizantes como guillotinas. Las tizas blancas alineadas sobre el dintel estrecho y algunas palabras destacadas en la pizarra flotan en la oscuridad: una columna escrita en árabe y a su derecha otra en español, alineadas por el centro como las alas: Alfiler, Rapsoda, Madraza, Alfombra, Minarete, Alpargata, Zoológico.
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Bajan un tramo de escaleras y entran por un portal arqueado a un corredor de techo cóncavo y piso de baldosas de mármol, pequeños vitrales cubren ventanas que parecen sin salida. Les rodea un silencio húmedo tocado sólo por sus propios pasos de adolescente caminando casi en puntillas, por el pasaje subterráneo del colegio a la mezquita. El túnel perfecto para las travesuras juveniles de cualquier credo. Pasos blandos punteados por el taconeo del bastón. Al ignorante infiel se le ocurre que por allí ingresarían al templo los creyentes más modestos, los pobres, mientras que los más acomodados podrían hacerlo por arriba, por la puerta grande. Las cosas que se le ocurren al Reta.
Llegan a una sala con paredes cubiertas de mármol hasta la altura de dos hombres. Allí cuelgan tapices con frases bordadas con hilo dorado sobre terciopelo. Cada cuadro está enmarcado y protegido con cristal. Intocable. Para el Reta son de una belleza visible y secreta. El techo de mosaicos le parece tan alto como la catedral más grande en que estuvo, siglos antes, cuando con miles de otros comulgó por primera vez.
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Masque of the Red Death – Edgard Allan Poe – 1842
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Llevaba un libro pequeño de tapas nacaradas y un rosario entre las manos con guantes blancos y cruzadas en gesto sumiso que además las mantenía ocupadas entre sí. Tenía el pelo brillante y endurecido con frascos de gomina. Cruzó una mirada con un amigo y les dio ganas de reír. Sin motivo alguno. Sólo ganas de reír. Si volvían a mirarse no aguantarían. El celador los sacaría colgando de las orejas. No habría primera comunión. Vergüenza. El año siguiente tendría que repetir el curso de catecismo. Se muerde el labio hasta hacerlo sangrar. Otro niño que iba más adelante en la fila repentinamente empieza a vomitar de los nervios. Uno de los seminaristas que asistían se le acercó para sacarlo de la fila. Se resbala y se le contagia la náusea. De arcada en arcada desaparecen por un costado. Aparicio y su amigo llegan al frente, se arrodillan, entornan los ojos, abren la boca, y sacan la lengua. Labio mordido y con sangre, lengua roja y larga, mandíbula al quiebre. El sacerdote con la Santa Hostia entre el índice y el pulgar sobre el platillo dorado se asombra por la sangre. Parpadea y mira por encima de los lentes para afinar el foco y opta por ignorar el asunto: ¿Transmutación? ¿Huellas del Maligno? Nada. Siempre pasa. Deposita la oblea sobre la lengua. Hace la señal de la cruz y pasa al siguiente comulgante que es el amigo también mordido y sangrado. Bien que se muerdan hasta sangrarse los labios. Imperdonable dejar que la risa los entregue al demonio que está siempre atento a los descuidos jocosos de la juventud.
La mezquita. A uno y otro lado de la sala se abren espacios pulcros que al Reta le recuerdan fastuosos recintos para los baños y abluciones de los senadores romanos de las películas. Baños de aguas termales donde los poderosos envueltos en sábanas o desnudos se hacían dar masajes por jóvenes andróginos o mujeres que siempre se parecían a Elizabeth Taylor. Hombres maduros ríen y beben de copas de plata y se chorrean con sustancias embriagantes. Igualito los baños de la mezquita sólo que sin romanos, ni masajistas, ni vinos, ni vapores minerales, ni piscinas donde caen sangrantes los acuchillados por el afán de poder. Es decir nada que ver.
Ercilia evita las bromas sin palabras. Resiste incluso el bosquejo de sonrisa que se le escapa al ver reflejado en el mármol la imagen salvaje de Aparicio: parece haber crecido. Está más alto, más delgado. Un par de ojos, los dientes y una lengua rojiza. El resto acartonado de oscuridad. A ella el tizne alrededor de los ojos le resalta las picardías como lo haría el maquillaje en una mujer del Maghreb. Picardías. Ercilia no parece estar de vuelta de una caída desbarrancada con vuelo seguida de revuelco apasionado sobre una centón de las mil y una noches en el arenal espinoso y afilado de tanto amor en la trilla guajira. Señala la entrada al baño de los hombres y se mete en la penumbra de las mujeres.
Aparicio admira la limpieza que el sitio le ofrece y le exige. Los mezquiteros sí saben hacer bien las cosas. Siempre que lo llevaban a misa hubiera querido lavarse y hacer las necesidades antes de entrar. Nada. Está asombrado del sitio y los valores. Especula pero acierta que son baños para que todos los creyentes deban y puedan acercarse a la Palabra con la boca, las manos, la cara y todo el cuerpo un poco menos impuro del que traían del trabajo, de los viajes, del comercio y los combates; al desensillar el camello o bajarse de la Africana. La eterna polvareda de la vida. Todo en el espacio de la oración infunde recato, humildad y respeto. Influye sin duda que son ellos los dos únicos presentes.
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Mezquita Herida – Moto en Gaza – Foto Armazón Lofredo (2009)
El Reta duda unos instantes. Si se desnuda, ¿estaría cometiendo una ofensa de la que se avergonzaría más tarde? ¿Y si viene un sacerdote y los sorprende? Parece no haber nadie en los baños. Nadie en toda la mezquita. Nadie en la ciudad. Sólo el sereno del Hostal roncando, descalzo y desarmado. Se quita los pantalones de cuero. Apestan a gasolina y sudor sucio, manchados de lodo, aceite y lo que podría ser parte sangre, y parte orina y heces. Fluidos interiores. Se acerca a la fuente por donde corre agua limpia. Se arrodilla ayudándose con el bastón y se apoya contra el borde de piedra tallada. Su pierna derecha está hinchada y lastimada. La ignora. Se enjuaga empezando por el rostro, la calva, la barba. Despeja los labios y prueba el agua. Sorbe y se enjuaga. Escupe con sangre como el día de la comunión afuera de la iglesia entre los árboles. Esta vez es más oscuro el rojo. No recuerda haberse cortado los labios ni el interior de la boca. El agua le transmite una frescura vital, purificante. Aunque ya pasó una eternidad desde la cena, el Reta siente el estómago lleno. Tragar el agua fría le reconforta. Se enjuaga largamente la cara, el cuello y el pecho. Siente el agua atravesar la piel, los párpados; le impregna toda la pelambre que le cubre el torso como si fuera una criatura del bosque. Pelos gruesos que se habían vuelto canosos y que ahora no sueltan el tinte oscuro que los hace verse más tupidos, más zoológicos.
Se entrega al ensueño del lavado de su cuerpo como no recuerda haberlo hecho jamás. Como si hubiese nacido y vivido en un zoológico y no conociera el salpicar del agua en las quebradas y el vuelo del salmón. ¿Qué hacía la palabra zoológico en el pizarrón? A un lado, sobre el borde de piedra, hay un jabón con la forma irregular y transparente de un trozo de ámbar, generoso juntándose al agua y abrazando lo que el hombre quiere alejar de su piel.
Recorre sus orejas por fuera y por dentro. Sopla el polvo y la flema de su nariz y su garganta. Enjabona suavemente sus genitales, las nalgas doloridas, el ano mismo. Le sorprende el contraste entre la hinchazón que siente y el adelgazado exterior de su vientre. En el colegio el profesor de lenguaje solía tratar de quitar la modorra a sus estudiantes con un juego de palabras. Recitaba unas cuantas palabras no del todo arbitraria y preguntaba cuál no encajaba. Las repetía sólo una vez. Alfiler: ropa, costura. Almíbar: dulce, miel, árabe. Alfombra: oración, mezquita. ¿Alpargatas? Chancleta, Gaucho. Fábrica. Huelgas. Sobre una mesa pequeña junto a la pileta hay una toalla blanca y una prenda de lino prolijamente doblada
Luego las piernas. La izquierda cansada pero tranquila. El agua fría calma. Quisiera tener alcanfor. Alcanfor, alcantarilla, alambre. Mentol Chino. Átala con alambre, átala. La derecha es un animal herido. Al banco de suplentes. Lesionado. Una toalla con hielo picado y véndale apretando todo lo que aguante. Te calmará la tensión y el dolor. Hielo y seguí mirando el partido. No hay hielo en la mezquita aunque sí tiene su minarete. Frotar la rodilla molesta y se limita a acariciarla con el aceite jabonoso.
Entabla una conversación con su rodilla. Se la imagina como en las tomografías. Sí te siento mi amor, te siento. Fue un golpe feo y con tirabuzón ¿no es cierto? Sí. Te dieron por todos lados. Bueno. Tranquila. Ya vemos qué hacer. ¿Qué? ¿Que encima a mi se me ocurre echarme un polvo con palanca de fémur con nalga? Y bueno… No te enojes. Pensá de qué nalgas hablamos. Nalgas Suma Cum Laude. No pasa todos los días.
El bastón. No me olvido del bastón. Lo limpia y lo enjuaga. Con la mayor delicadeza lo apoya de lado sobre el interior de la rodilla y lo hace rodar sugiriendo un masaje imaginario, apenas un roce. La menor presión le haría morderse el hipotálamo. Desde el muslo hasta los gemelos y vuelta por el frente y abajo por afuera y medio pase por detrás. Un pase mágico. Una Rapsodia de Anestesias. Rapsoda. Esa no encaja. ¿Qué hace el cantador con bastón de palabrero y alfombra de alfileres en un zoológico?
Los pies piden se los sumerja en agua con sal y se les brinde un gentil y sensual masaje, Una podopaja con aceites aromáticos que encuentra en un tazón esmaltado. El rapsoda recitaba poemas escritos por otros. Como el palabrero o el acordeonero llega en su burro a un caserío o a un pueblo chico y se acompaña el recital de sucesos de la comarca con el acordeón que se encontró en la playa enredado en algas y en peligro de sucumbir a la sal y la arena. ¡Francisco el Hombre! De pueblo en pueblo, contando ciertos e inventos, propios y ajenos. Chismes, rumores, casamientos, peleas y finados. Rapsodia. Rapto. Robo. Palabrero y cantador. Marcando el golpe con el bastón en la tabla o el tajo de granito. Levantando polvo. Robo de Versos. Rejunte de crónicas del camino. Retazos cosidos con alfileres y hebras de alambre. Rejunte de canciones para cobijarse en las noches de invierno, noches de frío guajiro. La manta de retazos. El centón del Sereno del hostal. Zoológico desordenado. Bestiario en carretas. Hojas de Ruta.
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A un costado, sobre la mesa del tamaño de una bandeja de té, hay una prenda de lino blanco, una fina gorra y una toalla nudosa. Huele a jazmín, a incienso con esencia de jazmín. Se seca y estudia la prenda celeste pálido. Se la pone. Le cubre del cuello hasta los tobillos. Las mangas amplias pasan los codos. La siente rara. Le aprieta el pecho. Le cuelga torcida. Se calza la gorra sobre la calva. De medio lado como si fuese birrete o boina. Pero no lo es. Es una gorra bordada. Pensó que le hubiera gustado conocer los nombres de cada objeto y la descripción de lo que hacía. Metió todo lo sucio y suyo en la mochila y buscó la salida.
Salió al amplio espacio alfombrado. Vio un púlpito pequeño y no muy alto. Sintió la presencia de Ercilia antes de verla llegar. Giró sobre sí y allí estaba. Ambos irreconocibles ahora. Él con la calva cubierta con su gorra bordada y la barba limpia y blanca como ella no la había notado antes. Él siente su belleza sin verla. Las miradas han cambiado. Están allí. Van y vienen. Alaban, aprecian, buscan. Pero hay algo distinto. El Reta sigue incómodo en su vestimenta. ¡Te la has puesto al revés cabezón! De atrás para adelante. Quítatela y póntela como es debido. El Reta siente pudor. ¿Pudor? Ercilia lo miraba con cierto profesionalismo. Es su tema el hiyab este al fin de cuentas. Mantiene la picardía maternal en su sonrisa. El Reta de espaldas se quita la prenda. Se siente iluminado por segunda vez con una saludable erección. Las zonas activas del cerebro se reducen a las encargadas de propagar paquetitos de genes envueltos en celofán. Se desean. Ella tranquila. Él convencido de que están a punto de meterse en serios problemas. Debe abrazarla o morir en el intento. Imperdonable y cruel intromisión del neocortex despliega escena de amputación genital con el Reta atado al asiento de la Africana. Quieren y van a amarse otra vez y esta vez será en el templo, en la casa a la que Él les hizo ingresar en su total sabiduría y porque así debe haberlo deseado, de lo contrario no estarían piel con piel con todo el inmenso respeto que sienten por la hospitalidad que les rodea, pero piel con piel al fin y en la casa que Él les asignó esa madrugada en Maicao. La transgresión, el miedo a ser sorprendidos, la ofensa al Supremo Hacedor, hasta cuando es sólo imaginaria, es un potente estimulante del libido equino.
Cuando el hombre y la mujer han perdido toda capacidad de cambiar el curso fatal de los acontecimientos de reincidencia reproductiva, las vibraciones profundas del bajo tenor de Américo recorren todas las superficies del interior del templo y confluyen en cuerpos y alma del Reta Romeo y la Ercilia Julieta: la Voz dice “Prima”. Nada más: “Prima”, en el tono que podría anunciar la cotización del crudo referencial West Texas Light al cierre de la jornada bursátil. Firme, ineludible, lapidario. Hecho consumado. Llegó el Comandante y ordenó calmar.
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Américo vino bien preparado. Ropas. Calzado. Maletas armadas. Cascos. Gafas. Portafolio judicial. En silenciosos segundos ambos estuvieron vestidos y saliendo por otro pasillo subterráneo hacia la trastienda del Hostal, ahora con puertas abiertas y renovando el aire gastado de la noche. El roncador no existe más. Dos cocineras repuestas y almidonadas alistan café y panecillos con fruta fresca. Se sientan en la primera mesa que recibe directamente el sol de ese día. Tres comensales sin nada que ocultar.
Estuvieron buscando a Don Aparicio minutos antes de las explosiones. Inteligencia del Ejército. Conocidos y extranjeros. Habíamos retirado sus pertenencias. Dijimos que salieron en las motos. Se hizo saber que habían decidido hospedarse en la playa. ¿Quién sabe cuál? Hay tantas… Vibra sobre la mesa el celular de Américo. Confirma la identidad del que llama y desactiva el aparato. Están en camino. Llegan en diez minutos. Máximo.
Prima: Usted sale en un vuelo de carga de la empresa. Va a Barranquilla y habrá un desvío no anticipado. Don Aparicio: cambie papeles. Busque a Jason Bourne. Usted sabe lo que tiene que hacer. Seguirá en la Africana hacia Venezuela pero no puede salir por Maicao. Lo dejarán pasar pero lo están esperando antes de Paraguaipoa. Tampoco Cúcuta. Acá está su ruta de turista ecológico, dice Américo. Es un mapa cantonal con caminos terciarios para sacar cosecha y traer abastos. Trochas punteadas y resaltadas con azul y amarillo. Las autopistas capilares del comercio hormiga. Revísela más tarde. Azul tranquilo. Amarillo riesgo. Su máquina parece en orden. Pero usted la conoce así que verá lo que le mira.
La señora de los desayunos acomoda lo esencial y se retira. Mucha azúcar. Beben café sin interrupción. Agua helada con limón. Usted llevará a Ercilia al aeropuerto. Despedida amorosa de rutina. Pareja continúa su vida después de agradable encuentro vacacional. No entre al edificio. No se baje de la moto. A Usted la esperan en Carga Aérea en el hangar de la empresa. No hable de nada con nadie. Haga lo que le indique el piloto, Capitán Wilmar Sáenz.
Conduzca la Africana hasta el estacionamiento principal del aeropuerto. Busque una ambulancia y póngase a la izquierda del lado de la puerta deslizante. Desmonte y espere. Abrirán y lo harán subir para revisarle la pierna. Me dicen que el carpintero especialista sabe lo que hace. Traumatólogo y osteópata. Huesero. No lo conozco. Se acabó el tiempo. Vamos.
La Africana está lavada y pulida. Diez años más joven. Las alforjas están en su sitio. El maletín de documentos adherido al tanque. Los documentos están en su sitio. Hay un dinero que no estaba de antes. El sobre con documentos adicionales que viajó en el interior del asiento está ahora sobre el manubrio junto al instrumental. Ya funcionan Don Reta. Tacómetro, odómetro y velocímetro. Un amigo se los reconectó. Era el cable gastado. Ningún misterio. El Reta siente que tendrá lluvia ese día y completa el traje rutero. Ercilia va de civil: blusa color crema, sedosa, pañuelo rojo anillado a la izquierda. Medias claras, tacones medios y anchos. Empieza a parecerse más a un Juez de lo Civil dando cursos de capacitación sobre el Debido Proceso en colaboración con USAID – Sociedad Civil y Sistema Judicial. En la solapa del saco sastre lleva un prendedor diminuto: las banderas de los cooperantes cruzadas en fraternal armonía.
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Ella se sienta de lado. Es frecuente a esa hora. Hombre Marido Novio lleva esposa a su lugar de trabajo, terminal terrestre o aeropuerto nacional en moto y regresa a pasar el resto de la mañana con La Otra cuyo cónyuge se encuentra fuera de la ciudad en asuntos de negocios. Todo normal.
En el aeropuerto la despedida es como ambos la sienten. Triste disfrazado de nos vemos el próximo viernes. Beso. Beso. Queda demasiado sin hacer, sin saber, sin decir, sin preguntar. Se besan una vez más. Esta vez se resbala una lágrimas. Nada. Es algo en el ojo. La moto. Tú sabes. ¿Habrá Próximo Viernes? A Ercilia le sale en la frente un “la vida es una mierda” que espanta de inmediato y retoma la sonrisa. ¡SÍ Habrá Próximo Viernes Carajo! El Viernes Comemos Parrillada en Mi Vaquita en la 5 de Julio, puntual a las ocho. El que llega tarde paga la cuenta. Acá te pongo la invitación al cumpleaños en el bolsillo trasero del pantalón. Mira que es para tu hija y no para que tú la leas. Chismoso. Cosas de mujeres. Cuidadito. El Reta asiente sonriendo, totalmente bobo. Entiende nada. Quiere seguir camino. Parqueadero y Ambulancia. Buen viaje. Buen viaje. Hasta la vuelta. Sí. Hasta el Viernes.
Ercilia desaparece en el hangar de Carbones El Cerrejón. Adentro hay un avión para cargas menores y media docena de pasajeros esperando. Tiene los motores encendidos. El que podría ser el piloto por la gorra, camisa blanca y pantalones azul marino le da la mano y le ayuda a subir la escalerilla replegable que se cierra sin demora. La nave carretea hacia la pista.
El Reta enciende la Africana y busca en el estacionamiento la ambulancia acordada. Está lejos del edificio principal, más allá del sector donde las camionetas y los taxis esperan la llegada del primer vuelo de la capital. Parece que hoy llega un tour grande de canadienses y otra de chinos. Van para Portete y Cabo de la Vela. Va a ser una buena temporada si empieza así. La semana pasada fueron los italianos y los del Congreso Caribeño de Hotelería y Turismo Receptivo.
Todo en su sitio. Se detiene entre la buseta Ambulancia y el cerco de arbustos que delimita el estacionamiento del Aeropuerto. Del otro lado está el cementerio Marimbero: chatarra de los aparatos que aterrizaban en la playa, descargaban dólares y sacaban fardos de Punto Rojo para California.
Se abre la puerta y un hombre moreno de ropa blanca se acomoda para ayudar al Reta a subir y recostarse en la camilla. Tiene experiencia y la fuerza para manejar heridos sin desbaratarlos más de lo que están. Adelante el chofer mira por el retrovisor. ¡Vea mi Señor! ¡Hoy nos tocó Santa Claus! ¡Se escoñetó con el Trineo! ¡Trátelo bien y hay regalito! El especialista sonríe pero no habla. Espera que el enfermero acomode al Reta y le quite las botas y el pantalón. Doctor: El vuelo aborda en veinte y despega en treinta. Hay tiempo.
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Marimbera Voladora Punto Rojo Aeropuerto Riohacha – La Guajira (2009)
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Con la venda amarillenta y húmeda parece melón maduro, shawarna al rodillo. Fea. Alumbre más. Azul violáceo y regado. El especialista viste guayabera bordada a mano. Cuello almidonado. El cinto del pantalón es de piel de reptil. Escama fina. Reloj mecánico Pathé Philippe, oro blanco. Los que suelen ser originales. Tiempo fino. Usa After Shave potente, andrógino. Palpa la pierna leyendo el rostro del Reta. Tiene los ojos cerrados. Reacciona acá. Tuerce el cuello. Gira la cabeza, Contrae la frente. Muerde. Clava los dedos en la colchoneta de la camilla. Gruñe. Recoge la otra pierna. Tranquilo Señor. Fue hace seis horas. ¿Hielo? No se pudo. El médico tiene los labios abrillantados. Le dice al chofer que encienda el motor y suba el aire acondicionado. Cuando pone presión lateral en la pierna empujando hacia el interior el Reta suelta el grito contenido. El motor lo disimula. Sí, dice el huesero. ¿Dice que tiene que seguir viaje hoy? El Reta asiente. ¿En esa? Asiente. Bueno. Anestesia local. Drenaje. Infiltración.
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Volante con Infiltración de Corticoides – Kourete Modificumta (2009)
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La jeringuilla con la anestesia es una delicadeza de finura. El enfermero cuenta treinta segundos y pincha bajo la rótula. El Reta siente un alfiler gentil. La del drenaje y la infiltración tiene algo veterinario en el diámetro de la aguja y en el tamaño del pistón de empuje. Agujas verdes 40/8 verdes. Jeringas de 10cc para la artrocentesis y de 2 cc para la infiltración del glucocorticoide depot.
Estas infiltraciones intraarticulares son eficaces para el zacatrazo guajiro de Santa Claus. El efecto no dura más de un par de semanas. Olvídese del reparto de Navidad. Este mes se quita los meniscos. Le reforzamos los ligamentos y empieza rehabilitación. Hágaselo donde quiera pero pronto. Más tarde es rodilla de androide chip y marcapasos. ¿Le queda claro?
El especialista se lo haría hoy mismo y serían otros mil pero lo esperan en Atenas para llevarlo al Congreso de Traumatología y Gastroenterología que Merck monta en el crucero por el Egeo para vasodilatar el modelo de mercado. Junta los carpinteros que recetan con los emparchatripas que le vulcanizan la tubería desde el esófago hasta el esfínter cuando aparece con melena negra por el ano y vómito tinto por la cara. Si llega, claro. Cirugía endoscópica con cicatrizantes y engrapadoras cableadas: pantalla Samsung, micro óptica Canon y sonido Dolby. Trescientas patentes. Son $3,000 antes de que abra la boquita. Si le va bien se lleva el video de recuerdo en CD etiquetado con fecha, nombre y apellido y la música de fondo que más le agrade. Por acá vallenato casi siempre.
Labios abrillantados le saca dos jeringas de líquido rojizo y por la misma aguja con otra jeringa le infiltra los corticoides. Lo piensa unos segundos y le mete otros 2 cc por el costado. Algo que ver con una pata de ganso.
Le escribe la receta para la caja de veinte cápsulas de Arcoxia de 120 mg. Una con el desayuno otra con la cena. Tan pronto pueda métase en un motel y descanse. Tome leche fresca. ¿Le dieron la invitación para el cumpleaños? El Reta no entiende nada y está a punto de volver a escapar a Madagascar, su sitio favorito para encontrar la inconsciencia. En el bolsillo del pantalón. El sobre con la invitación. Labios abrillantados abre el sobre y cuenta quinientos dólares. Recuenta, guarda y devuelve el sobre con el resto. Se calza unas gafas oscuras tamaño antifaz y sale de la ambulancia con su guayabera bordada a mano ligeramente sudada en las axilas. Con el apuro por llegar al Mediterráneo se le olvidó despedirse.
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Cristo de Alangasí – Semana Santa – Foto Monserat Aveiga (2009)
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El canto de la mañana
Arcoxia
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Masque of the Red Death – Edgard Allan Poe – 1842









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La Máscara Roja « Lofredo – Guajiras – Cruces dijo esto en Octubre 8, 2009 a 9:03 pm |
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El Gran Escape « Lofredo – Guajiras – Cruces dijo esto en Octubre 25, 2009 a 1:41 pm |