Catacumbo Bari Machiques ca. 1960
Relato original de MANUEL AGUIRRE ELORRIAGA. S. J.
Entre los acontecimientos más notables del año 1960 debe enumerarse la pacificación de los Motilones por los Misioneros Capuchinos del Vicariato de Machiques. Cuarenta motilones han venido a convivir ya con los misioneros capuchinos de la estación del Tukuko. Los terribles motilones, terror de los colonos criollos de la costa occidental del Lago Maracaibo, los misteriosos flecheros, que hicieron fracasar sucesivamente a los más audaces aventureros y a los bien protegidos buscadoresde petróleo con sus disparos venenosos, han recibido por fin amistosamente a los hijos de San Francisco.
Cuarenta indios, en tres expediciones, han venido a la estación misionera del Tukuko y conviven con los misioneros capuchinos y las Hermanas de Santa Ana. Algunos han repetido viaje de retorno de sus bohíos a la Misión. Unos cuatro fueron llevados para curas especiales a un hospital de Maracaibo. Cierta prensa nacional, que no supo hacerse eco del paso decisivo de su pacificación, ha reportado en grandes titulares que, Los motilones se vuelven a su selva. La noticia afecta solamente al grupito que fue trasladado al hospital de Maracaibo. La gran urbe los marea. Muy comprensible. Pero es falso que los cuarenta motilones que conviven en la Misión del Tukuko quieran tornar a la selva. Son los misioneros los que irán con ellos a la misteriosa región de Motilonia, cuando el Gobierno Nacional precise los límites geográficos de la región exclusivamente destinada para ellos, libre de la rapacidad de los colonos circunvecinos.
Las etapas de la conquista
La ferocidad de los motilones ha formado en torno a ellos un nimbo de leyenda. Por eso resulta sorpresivo constatar que, desde 1749 hasta los días de la Independencia, los misioneros capuchinos navarros, trabajaron con el sector de los motilones venezolanos.
Venezuela Misionera, noviembre de 1960, nos informa que de 1779 a 1799 los misioneros capuchinos fundan los siguientes pueblos con indios motilones: Santa Bárbara del Zulia (1779), San Francisco de la Arenosa (1780), Santa Cruz del Zulia (1781), San Miguel de Buenavista (1783), Nuestra Señora de la Victoria (1784), San José de las Palmas (1785), Santa Rosa de Mucujipe (1788), San Francisco de Limoncito (1789), Nuestra Señora del Pilar (1792) y San Fidel del Apon (1799). Diez pueblos con un total de 1.233 indios motilones.
En cada uno de estos pueblos vivía un misionero capuchino. La historia de estas misiones se esfuma en 1821. El movimiento laicista de nuestro liberalismo del siglo XIX produjo, respecto de las misiones franciscanas, los mismos efectos que la anticipada lección de Carlos III respecto de los jesuitas del Alto Orinoco. Efectos igualmente desastrosos, para la cultura general y para la defensa del territorio patrio. Con criterio menos, sectario es evidente que una parte de la Guayana inglesa sería hoy venezolana; el Alto Orinoco no sería selva impenetrable; se hubieran salvado 300 poblaciones creadas por los misioneros de la Guayana y los motilones no se hubieran vuelto a la selva.
Durante más de un siglo han defendido ferozmente la inviolabilidad de su territorio, constituyendo uno de los pocos sectores geográficos y demográficos inaccesibles a la cultura moderna en todo el mundo.
El año 1960 es una fecha gloriosa mundialmente gloriosa para las misiones católicas. Los
feroces motilones han vuelto a acoger amistosamente a sus misioneros los humildes hijos
de San Francisco. Los dos principales héroes de la empresa SIC, quisiera consignar sus nombres en letras de oro: son los Padres Cesáreo de Armellada y Adolfo de Villamañán, O.F.M. Cap.
En 1943, Pío XII y el Gobierno Venezolano encargaron a los Capuchinos del Vicariato Apostólico de Machiques.
Es conocida su labor con los indios Guajiros y Yucpas. Pero desde un principio su aspiración fue la reconquista de los temidos Motilones. Por este motivo el 2 de Octubre de 1945 fundaron en dirección de Motilonia, arriesgadamente, el centro misional de Los Angeles del Tukuko con la valiente colaboración de las Hermanas de Santa Ana.
En el P. Cesáreo de Armellada fue creándose una auténtica obsesión por la pacificación de los motilones. Su primera invención los vuelos en avioneta y helicópteros sobre los bohíos de los motilones, arrojando lo que él llamó bombas de paz: machetes, ropas, comestibles y sal.
Desgraciadamente dificultades, sobre todo económicas, interrumpieron estos mensajes de eficacia contundente.
Se reanudan en 1950 con la consigna: con avión indios a la vista; con helicóptero indios en la mano. Pueden señalarse nuevas avanzadas en 1954, en 1955 y en 1957. Pero la definitiva pacificación de los motilones pacientemente preparada con las bombas de paz no había de llegar sino en el 1960. La entrada decisiva por aire y tierra se realizó el día 22 de Julio. Los PP. Adolfo de Villamañán y Epifanio de Valdemorilla llegaron por tierra después de dos días de penoso avance por la selva, acompañados de doce indios de la misión del Tukuko, miembros de la Legión de María. Por aire y en helicóptero llegaron los PP. Romualdo de Renedo, Vicente de Yudego y León de Magaz.
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“Verdaderamente heroica e impresionante resultó la entrada .por tierra. Queremos dejar, constancia, en este artículo, de las expresiones finales de la dramática narración del P. de Villamañán: “…Seguimos cautelosamente la senda y después de subir una pequeña loma, encontramos clavada en el camino una flecha. Era un aviso.
Como a unos cien metros más adelante encontramos varias más de la misma manera. Nuestros indios, más prácticos en estas lides, se sintieron recelosos. Con el fin de organizar el encuentro me coloque el primero. Detrás de mi, para no causar .miedo a los motilones, iba el pequeño Gregorio Vayanke, y, para advertir en caso de peligro, Eugenio Chibio. El P. Epifanio debía dirigir los movimientos del resto de la expedición.
Encontramos unos bohíos debajo de los árboles. A pesar de ser bastante grandes daban la
impresión de ser provisionales. Observamos alrededor por ver si encontrábamos algún motilón. Sólo encontramos abundantes pisadas. Seguimos la dirección que éstas nos indicaban, y al poco rato oímos claramente, no muy lejos, un murmullo casi canturreado de un grupo bastante grande de personas.
Avanzamos en dirección de las voces y, al fondo del camino, en medio de un despejado grande, el bohío motilón de construcción reciente. No había ninguna duda. Era el que buscábamos. Se alzaba, como una fortaleza,
ante nosotros.
Todos nuestros acompañantes quedaron a la expectativa. Contra lo que yo había laneado,
se quedaron inmóviles. Solamente el P. Epifanio avanzaba conmigo. En frente teníamos una de las dos entradas principales del bohío, cerrada con una esterilla. A los lados de la puerta dos agujeros en la pared a modo de mirillas, una de ellas cubierta con una hoja de bijao.
Instintivamente hicimos la señal de la cruz y avanzamos; El murmullo continuaba en el interior. Pensé que pudieran estar divisándonos desde dentro deliberando lo que iban a hacer.
De un momento a otro esperaba la posibilidad de que saliese disparada una flecha contra mí. Me esforzaba en hacer en silencio demostraciones de que venía en plan de paz tratando de sonreírme y levantando las manos. Pero la situación se prolongaba demasiado y decidí acercarme a la puerta lateral para mostrarme a ellos, mientras les gritaba: amigos, dobokubi, chomsi ahaimé, según la lengua aprendida de Chibio. Oírme y verme y ponerse todos en carrera, para esconderse en la selva, todo fue uno. Los que nos acompañaban se lanzaron tras de ellos, para ofrecerles los regalos.
Una mujer motilona se fijó en el pequeño Gregorio y pronunció unas palabras, que parece cortaron la desbandada de los motilones, mientras que otros, que salían rezagados del bohío, al encontrarse en la misma puerta con gente que les ofrecía regalos de ropa, se calmaron y comenzaron a llamar a los que estaban escondidos. -
Al poco rato cambió la situación y todos nos reunimos confiados y alegres, esforzándonos por señas en hacernos comprender nuestras pacíficas intenciones.
Mientras, a nuestro modo, conversábamos alegremente con los motilones, divisamos otra
vez los helicópteros, que comenzaron a girar en torno de nuestro bohío. Con las mismas hachas, que el día 24 de Junio les lancé desde el aire, cuando se encontraban en plena faena de construcción, pudimos cortar algunos troncos; separamos unos palos y preparamos rápidamente un pequeño círculo despejado, que pudiera servir de aterrizaje…” Con la visita quedó consolidada la amistad de motilones y misioneros.
Características raciales
De los cuarenta motilones que residen actualmente en Los Angeles del Tukuko, dieciséis fueron traídos por los misioneros. Veinticuatro vinieron por su cuenta. Unos treinta vienen y van de sus bohíos a la misión. Son altos y robustos, más gallardos que los indios anteriormente conocidos; los pies descalzos denotan una singular separación de los dedos. Al parecer no conocen el alcohol ni fuman tabaco. Los varones llevan un simple guayuco de 27 cms. en la cintura. Todas las mujeres, a no ser las muy niñas, llevan desde la cintura a las rodillas una falda. Hombres y mujeres se bañan separadamente. Hasta ahora denotan un oído finísimo y una capacidad extraordinaria para repetir las frases de los misioneros.
Se advirtió en ellos un gran sentido de honradez y gratitud; una seriedad llena de dignidad; y contra lo que se creía, un gran ‘ respeto a la propiedad ajena. El estudio realizado por helicópteros hace sospechar que su número total no pasa mucho de los dos mil.
Amanece un nuevo día para el misterioso pueblo motilón, hasta ayer marginado de lavida de la familia venezolana. La empresa misionera apenas se ha iniciado o reanudado. Llega la hora de la faena lenta, bondadosa y prudente de reeducación religiosa y cultural.
Con enorme entusiasmo la inician los misioneros capuchinos. Con entusiasmo y amor.
Corresponde a toda Venezuela, comenzando por su Gobierno, colaborar en esa tarea. Es
vital que se delimite la tierra, propiedad de la tribu. Es fundamental que los colonos criollos circunvecinos no hostiguen a los ariscos motilones, muchos de los cuales llevan señales de perdigones en su cuerpo.
Todos podemos contribuir a la obra, generosa y patriótica, con nuestros donativos y la noble colaboración de la comprensión y la alabanza, Antropólogos, médicos, geógrafos, sociólogos y misioneros tienen abierto un admirable campo de estudio y experimentación.
¡Honor y justicia a los heroicos misioneros
capuchinos!





maravilloso gracias ok este es mi msn auraacosta2007@hotmail.com
Aura, gracias por el comentario. Al revisar la entrada me doy cuenta que no está el nombre del autor. Mil disculpas. Se trata del Relato original de MANUEL AGUIRRE ELORRIAGA. S. J. Cordiales saludos, Gino