1. El Portal de las Estrellas
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Páramo de Niebla
Pucará de PambamarcaPunto Geodésico La Condamine 1735- 1744
Le ordenaban salir de la ciudad bajando hacia la costa, por las carreteras saturadas con el flujo tenso de los que buscan el mar para descargar en él todo el voltaje urbano que no se aguanta quieto y les funde el cobre, les quema las correas, les corroe los rulimanes y hace sangrar los frenos sobre el pavimento, como si tanto fracaso nervioso les hiciera evacuar óxido férrico.
Las instrucciones de traslado y escape estaban raspadas, sin tinta, sobre la cara interior del envoltorio encerado de una barra de Maníchoco estrujado y embutido en un hueco detrás del ladrillo suelto marcado con una “V” rodeada por un círculo de tiza blanca, de trazado reciente y medio perdido entre el graffiti con el que la nueva generación, saturada de hormonas y plomizos residuos de combustión busetera, recicla a gritos verdades de agua tibia y justas aspiraciones genéricas de amor, libertad y deleites diversos.
Laguna del Quilotoa
3.914 mnsm
Daniel Lofredo (2009)
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Ellos, Los Responsables del mensaje detrás del ladrillo marcado y flojo, querían que él, Don Aparicio Retaguardia, el nombre cariñoso con el que identificaremos a nuestro personaje durante las aventuras que se avecinan, se mezclara con su Africana motocicleta entre los arrebatados del puente festivo del jueves al domingo, con los que salen exhaustos de la capital y llegan moribundos a pisar descalzos la arena, con el tiempo justo para tanquear jarabes con aguardiente; dispuestos a ensordecer hasta la ceguera con éxitos musicales de ayer, de hoy y de siempre, con los bajos amplificados hasta el filo mismo de la combustión espontánea; en ayunos engañados con chatarras de sal en funda; ansiosos de embuchar rechazo de mariscos enjuagado con cerveza, y cachos de serranos sobradores, tragar y expulsar, hasta caer de rodillas, rendidos sin condiciones, agradeciendo en vómito de lágrimas los garrotazos del obligado descanso patriota y festivo.
Ellos, Los Responsables, le ordenaban hacerse parte del descenso al infierno en el que dan siga y luz verde hasta a la Pantera Rosa pedaleando un triciclo. Mezclarse con su moto entre la desesperación y enrumbar oportunamente hacia el destino señalado y requerido. Aparicio admitió cierta lógica en las instrucciones: en ese bacanal peregrinaje, el veterano motociclista barbiblanco no llamaría mayormente la atención de los controles de ruta y los llamados a moderar la velocidad, a no rebasar en curvas y a no conducir con alcohol en la sangre. Es decir, pasaría más o menos desapercibido, siempre que Los Otros, léase, los otros interesados en interceptar su salida del descanso sustentable y promover su desaparición repentina, fueran previamente advertidos de su aspecto, su ruta y sus horarios.
En el mismo envoltorio de Maníchoco, y también sin tinta, raspó para confirmar el recibido de las instrucciones. Puso el código de fecha de partida y el nombre del próximo punto de encuentro en el país contiguo: un balneario agradable y tolerante de la diversidad y los perfumes fuertes, a un centenar de kilómetros al Sur de la frontera.
Salió dos días antes de lo indicado en el Maníchoco, antes de medianoche y en dirección contraria. No bajó hacia el Pacífico sino que subió hasta el callejón de los volcanes, entrando y saliendo de los caminos empedrados siglos antes por conquistados, rebeldes y cosmonautas campesinos para que por allí pasaran bestias, carretas cargadas de alimento y hombres blindados, de paso hacia uno y otro destino, para extender conquistas y descuartizar alzados disconformes. Salió hacia el Noroccidente porque ni a Los Responsables ni a Los Otros, advertidos o no advertidos, y ni siquiera al mismo Aparicio Retaguardia se le ocurriría que quien siempre soñó ser Jason Bourne, el de la identidad perdida, la supremacía recompuesta y el ultimátum en juego, trataría de cruzar por el Portal de las Estrellas.
En uno de esos tramos solitarios y de niebla fría, Aparicio nota los primeros temblequeos del velocímetro: por momentos marca los sesenta por hora que debiera y de pronto baja a treinta y a cero y trepa de vuelta a cien cuando la moto se desplaza al paso de las pastoras y sus corderos. Tiembla. ¿Querrá decirle algo la Africana al viajero? Algo como “¿Estás seguro de esto, Aparicio?” En realidad, es Aparicio el que se pregunta eso mismo, pero prefiere endosar las dudas y los naturales temores que siempre se presentan al inicio de un viaje largo, con metas poco claras y atravesando territorio arrabalero. Zonas firulete. Partes con quebrada y sentadita. Sigue saltando la aguja. ¿Parkinson? Que se sepa, nadie ha demostrado que la baja disponibilidad de dopamina afecte la estabilidad de los velocímetros de motocicleta. Pero los de la aguja son espasmos. Espasmos que hacen pensar en animal lastimado y malherido.
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