Caracas 95 – GROSSO MODO
Caracas 95 – GROSSO MODO
Gino Lofredo
Caracas 28.06.95. Solsticio de verano.
históricos embotellamientos del Quito vespertino parecen paseos
dominicales. Los políticos y charlatanes que nos indigestan en
casa, vistos de frente y de perfil, codo a codo con sus
contrapartes caraqueñas, parecen gente sobria, cartesiana,
coherente. Hasta podrían pasar por gente honesta.
Hace una horas, en la víspera de San Juan Bautista y del
aniversario de la batalla de Carabobo, un trío de miserables
desesperados mal armados intentó robar una casa del barrio San
Román.
Se les complicó el asalto. Huyeron. Saltaron el cerco de una
Clínica Urológica adyacente. En pocos minutos los rodeó un
centenar de policías, detectives de civil, agentes de la siempre
diafamada PTJ de antaño, y un generoso tropel de reporteros
taquicárdicos bombeando hormonas juveniles y adrenalina. Para
escapar los tres desgraciados toman de rehenes un médico, una
enfermera y una secretaria. Piden vehículo y garantías. La fuerza
pública les sigue la corriente y pasa balas a las recámaras. Los
reporteros adelantan en términos balcánicos y voces temblorosas
lo que se avecina. Botas altas, manos enguantadas, armas cortas,
largas, plateadas, opacas y nacaradas. El teléfono busca los
rostros empañolados, sus pistolas contra el cráneo de un médico
con estetoscopio, una enfermera otorrina de zapatos blancos y una
mulata clara de peinado apretado, gesticulando un llanto
aterrado.
Más tarde, en las salas de edición de video, resultó difícil
precisar el origen de los primeros disparos. Audio e imágenes
sincronizados en el ralenti en el competitivo pandemonio de las
fábricas de videodramas noticiosos.
Estaban en el centro de un círculo policíaco. Sonaron unos
disparos de origen incierto y disperso. La balacera cruzada
arrancó un chillido al reportero y el camarógrafo se lanzó de
pecho contra la vereda de hormigón, empuñando en alto la SONY
encendida como un periscopio umbilical, estrechándole el perfil a
las balas desorientadas, ligado a la parábola alámbrica sobre el
techo de la buseta disfrazada de objetividad con logotipos
megalómanos y planetarios, apuntando al cielo sudoroso de la
metrópolis caribeña, activando en instantes simultáneos las
glándulas y neuroredes de millones de testigos encadenados por
satélites geoestacionarios. Autoridades arrastran cuerpos
inertes, juzgados, condenados y reventados con asombrosa y
transparente contundencia en actos benditos por el refrán de la
suspensión de garantías. Los tres aprendices de antisociales
muertos en un suspiro.
Una bala le sacó desde adentro el ojo izquierdo a la secretaria.
El médico tiene plomo en el lóbulo frontal. Cirujanos intentan
remendar el revoltijo cerebral. Una ráfaga desgarró los
intestinos de la enfermera.
Trasladan agentes y comisarios baleados entre sí a quirófanos
diversos.
Algunos avispados candidatos políticos ajustan corbata y alisan
cabello ante las cámaras, lamentan la tragedia, trepan
oportunamente tres o cuatro peldaños en la próxima encuesta pre
electoral. Alguien dice que fue una masacre innecesaria. Otros
afirman que se hizo justicia y se demostró eficacia liquidando a
los antisociales sin contemplaciones.
Cuestión de opiniones. Pero, lo cierto es que hay otros asuntos
criminales pendientes en Venezuela que no se manejan con acciones
similarmente contundentes y expeditivas. Entre estos, el mayor
desfalco del siglo realizado contra el fisco por parte de varios
centenares de directores bancarios venezolanos que por ahora
siguen tomando sol y Campari Sodas en pintorescos santuarios
financieros. (4A)

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¡Si solo fuera en Venezuela! Esta nota me pone a pensar en tantas historias oscuras de nuestra Amèrica Latina y en particular en el pasado reciente en Colombia y sus Falsos Positivos, una historia larga que seguramente nunca serà revelada en su totalidad.
LUISFO