PeRa 7. Dátiles de Samaritana

por lofredo

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Constatación de la Pureza del Iris de la Guajira Samaritana

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El iris es una membrana pigmentosa ubicada entre la córnea y el cristalino. En su centro se encuentra la pupila, de color negro; mientras que la zona blanca que lo rodea se denomina esclerótica. El iris define el color de nuestros ojos. Ademas, controla automáticamente el diámetro de la pupila, para regular la cantidad de luz que ingresa a la retina, de acuerdo a la intensidad que posea la fuente luminosa.

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Ese primer día y siendo seco aquel verano de altura recordaremos la ocasión en que Aparicio Retaguardia,  fatigado del camino y en la hora del mayor calor del día se detuvo junto a un pozo de agua casi oculto por los médanos de esa parte de la Alta Guajira.

Sentado junto al pozo de agua parecía descansar pero no era eso lo que hacía: esperaba allí a la mujer a la que el mensaje se refería como La Samaritana. Aparicio tenía instrucciones de transmitirle cierta infrmación y conseguir su colaboración en las acciones previstas cuya naturaleza desconocía totalmente en virtud de la necesidad de extrema compartamentalización que las circunstancias de entonces exigían.

Le habían descrito el aspecto de La Samaritana: joven pero de cuerpo maduro en sus formas; cabellera rojiza y enredada, ojos verdes, piel oliva y labios llenos, marcados y dispuestos a escuchar. Su trabajo conocido era el de cabaretera en La Parada de las Caravanas. Allí conocía a todos. Escuchaba y daba su cuerpo a los que sabía morirían sin saber siquiera a manos de quién ni porqué.

Llegó la Pecadora en busca de agua natural para apagar la sed de su cuerpo. Aparicio Retaguardia le dio en cambio el Agua Sobrenatural de la Gracia para calmar la sed de su alma. Aparicio gustaba contar historias que provocaban risas y alegría entre los exhaustas de la sequedad del desierto. La comedia era su oficio en esa época.

¡Quién lo hubiera creído! Esa mujera era una pública pecadora y le encantaba la profesión: vivir en el escándalo y en aparienncia enteramente olvidada del Aparicio que desde aquella primera noche no pudo jamás olvidar. No se imaginaba que podía salirle al encuentro y sin embargo Aparicio le salió al encuentro. Aparicio la esperaba. Ella lo vió pero no miró sus ojos. Llenó de agua el cántaro y volteó las espaldas y se puso en camino haciéndose que no lo había visto. Aparicio pasaba desadvertido para La Samaritana, la pecadora, la que había llenado su cántaro y regresaba alegre y satisfecha hacia su casa.

Era un viva imagen de los cuerpos que visita y hace fulgurar la belleza por los tiempos de los tiempos. Los que no la conocían decían que esas visitas eran en vano y que la gracia del temblor de sus caderas buscaban sólo los bielos de la tierra, los únicos cuya consecución le inquietó jamás. Per Aparicio Retaguardia sabía que para esas nalgas Dios había inventado el cielo.

¡Mujer, dijo Aparicio a la Samaritana que podía poner nervioso hasta el camello saciado del agua de todos los manantiales del desierto, mujer, dame de beber de tus cántaros benditos! Aparicio habló así y fue como soltar caudales perfumados guardados en los cuarzos transparentes de Kronos y Omega.

Aparicio soportó con divina paciencia sus palabras altaneras, el coqueteo oculto. Contestó todas sus preguntas. Aparicio conocía toda la historia de esa mujer de pecadora reputación y alma pura a la espera. Aparicio debía salvarla y la salvó con el ingenio misericordioso. Delicadamente con todos los miramientos que sus formas merecían. Toda la atención y las imágenes que evocaban.

Dicen que cuando se pone el sol La Samaritana aguarda en La Parada de las Caravanas a los pecadores que llegan preguntando por ella con la mirada erecta y campanillas de plata.  Aparicio alabó la mansedumbre de La Samaritana que a ningún pecador que viniese a ella jamás había rechazado exigiendo solamente que se bañen en agua tibia con jabón y aceites de aroma para quitarse el tufo camionero y la esencia sudorosa de las pezuñas acolchadas del comercio en camellos del Oriente.

¿Porqué tantos miramientos para con esa mujer de vida escandalosa? La explicación está en la esencia de Aparicio Retaguardia. El Reta nunca rechazó una mujer así por enormes que sean sus pecados. Jamás recriminó una llegada tarde a una cita convenida. Al contrario, siempre aprovechó esas esperas para salvar otras almas conociendo otros cuerpos en busca de la esquiva gracia de la verdad. Manso, tolerante, lleno de paciencia y de bondad. Nunca una precoz eyaculación. Siempre caminando junto buscando simultáneas alegrías.

Entonces La Samaritana entendió quién era en realidad el forastero, el visitante esperado, y dijo; A vos vengo, extranjero, a vos me presento,. Sé que me recibirás con misericordia, con ternura y compartiremos lo que Dios nos ordenó cuidar y en su Nombre disfrutar. La Samaritana se sentía confusa ante el tan esperado: ¡Cuán confusa e siento de lante tuyo, acariciada por tu mirada insistente y en calma tan convincente! ¿Es cierto Apricio que conoces toda la historia secreta de mi vida? ¿Qué no ignoras nada? ¿Qué todo lo sabes: lo ruin, las miserias, las culpas, la fealdad del alma? Vergüenza. Confusión. ¡No tengo valor para levantar mis ojos por temor a encontrar tu mirada y entregarme toda para siempre!

Presiento la fuerza que cargas donde converge tu torso y tus piernas bajo la modestia de tus prendas y los polvos del camino. ¡Santos ojos Varón! ¡Adorables testigos de todas mis iniquidades! ¿Podrás perdonar el pasado y tomarme como si fueses el primero? Me asusta lo que siento: turba mis entreñas tu cercanía, tu presencia. ¡Oh! ¡Si yo nunca os hubiera ofendido! Me duele el pasado. Me pesa. Ayúdame en el arrepentimiento, varón. Tómame acá, ahora. Alma y cuerpo te necesitan dentro, ahora y por todos los tiempos. Y Aparicio Retaguardia y La Samaritana fueron un solo cuerpo a la sombra de los olivares en la frescura del atardecer. Así sea. Así fue.

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