Haití: Fuga y Desquite – Gino Lofredo

por lofredo

Hispaniola 1733 – Haití y Santo Domingo

Gino Lofredo Alls Rights Reserved –

San Francisco, California Enero 28, 1987

Enero 15, 2010

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Palacio Presidencial -Port-au-Prince – Haiti (enero 6, 2010)

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¿Vale contar como un joven, respetuoso y tímido funcionario internacional de nombre Kurt Larsen se fuga y encuentra, entre ratas y aguas negras, su punto de equilibrio en el desquite? Sí, desquite, venganza, castigo, revancha, verdugueo. Creo que vale porque hemos estado hablando de cambios, de rupturas , de saltos al vacío que se dan, a veces para salvarse, a veces para quedarse pegado como las patas de una mosca en los hilos de una telaraña, pegado en el tiempo o pegado en algún sitio o tema que no cuaja del todo con el acróbata personaje, con su pasado o sus declaradas aspiraciones. Hablábamos de tipos que sorpresivamente dejan lo que están haciendo y se plantan en un sitio incongruente con su pasado, adoptan un estilo de vida desentonado, se obsesionan con alguna cosa o causa, trivial o trascendente, inocua o maligna de modo tal que quienes creyeron conocerles se sorprenden, se burlan, o se horrorizan.

Kart Laxen es interesante porque sale de un medio no demasiado distante del nuestro. Es alguien con quien en un comienzo no es difícil identificarse. Se nos parece. Lo conocí en un seminario del Banco Mundial sobre mejoramiento de suelos. Desde mi perspectiva ese fue su punto de partida. Traje gris, camisa celeste, etiqueta con nombre y afiliación pegada al bolsillito superior izquierdo del saco. Su única referencia a la disidencia latente se expresa en los detalles repetidos en su corbata sobria azul marino. En el estilo y reparto con que otras exhiben las iniciales de MIT, el sello presidencial o el emblema de los Giants de NY, la de Larsen lucía diminutas siluetas color plata, oro y rubí de tradicionales aunque casi irreconocibles toilets de porcelana. Había que observarlas de cerca para no confundirlas con otros símbolos de status. Aparentaba treinta años, un adolescente en ese gerentocomio del desarrollo y las finanzas internacionales.

Por entonces yo editaba la revista del Banco sobre desarrollo urbano. Entrevisté a Larsen por ser asesor técnico de ciertos proyectos en el Caribe. Me impresionó su cautela burocrática porque los recién llegados al Banco suelen mantener durante el primer año cierta frescura, alguna distancia crítica. Larsen, si alguna vez la tuvo, ya parecía haberla perdido. Me pareció ridículo que me pidiera no citar su nombre. No me había dicho nada que ya no estuviera impreso en algún folleto de relaciones públicas. Y sin embargo, a pesar de las apariencias ya llevaba adentro el enredo o la ponzoña (la contraparte de su corbata en el comportamiento) que podría explicar en parte su evolución posterior. Larsen debió notar mi frustración al término de la entrevista porque al empezar a despedirnos se disculpó diciendo que él también preferiría estar haciendo otra cosa. Y lo dijo usando el cliché ya consagrado en rótulos auto adheridos a millones de parachoques en las autopistas de cincuenta estados: “I’d rather be…”, con los puntos suspensivos a ser reemplazados por la actividad favorita del conductor: navegando, buceando, esquiando, copulando. “Mi oficio es ingeniero sanitario y no administrador de proyectos”, me dijo.

¿Ustedes saben lo que es un ingeniero sanitario? Es alguien que se especializa en el diseño, construcción y mantenimiento de cloacas y alcantarillas. Me lo fue explicando mientras me acompañaba por corredores indistintos y ascensores sin espejos. Su pasión eran las redes de desagüe para lo que los economistas llaman ciudades secundarias en América Latina, sitios que hace diez años eral aldeas rurales y que de pronto se vuelven polos de desarrollo con un centenar de miles de personas con aspiraciones de la era del Internet y la exploración espacial, problemas del siglo dieciocho y destrezas medievales. Y para esa gente Laxen tenía valiosos conocimientos que aportar, conocía un centenar de maneras de copar con la infinita capacidad del ser humano de orinar, defecar y hacer brotar basura y deshechos como flores en primavera, a cada instante, todos los días, sin descanso. Laxen había elegido una de esas profesiones que lo marcan a uno de por vida y no lo sueltan. Como las de enterrador, proxeneta, policía o cura. No me burlo. Son todos oficios injustamente despreciados. Pocos saben y a casi nadie le importa que los cloaqueros hayan hecho más por la salud de la humanidad y su calidad de vida que todos los venerados médicos, poetas, analistas, filántropos y perfumistas que nos atienden. Es que la gente tiene dificultades con quienes se ganan la vida entre mierda, pecados, sexo y muertos ajenos.

Port-au-Prince –Haití – Enero 15, 2010 –

No lo volví a ver durante tres años. En el transcurso yo había dado pasos hacia lo que entonces consideraba mi realización personal. De cagatinta para el Banco pasé a cagatinta free lance. Como corresponsal flotante para un puñado de periódicos de otros tantos países, viajaba y escribía con cierta libertad de pensamiento. El trueque había sido justo. Ellos (¿Quiénes? Uno cualquiera, da lo mismo ¿No?) me daban menos dólares y yo comía menos mierda. Fue e año del éxodo masivo de haitianos hacia Miami en barcazas suicidas. ¿Se acuerdan? Nadie supo cuántas decenas de miles murieron en la travesía. Sólo se contaron los cuerpos Sushi cocidos a sal, mar y sol que aparecían hinchados en las playas de Florida, las Bahamas o Cuba, sana y limpiamente mutilados por las ágiles criaturas del mar. Haití ilustraba entonces las portadas de Time y de Newsweek. Los haitianos llenaban campos de concentración en el sureste (de USA no de Haití). En todo caso, se me ocurrió que podría vender unas crónicas que relacionasen el éxodo, la miseria y la represión desatada por Jean Claude y me fui a Port-au-Prince.

La gente de la Comission pour la Dèfense des Droits de l’Homme me arregló una cita con un sacerdote presuntamente dispuesto a hablar con la prensa extranjera. Père Jacques trabajaba en una de las barriadas más miserables de la ciudad surgida espontáneamente en terrenos recuperados al mar con el relleno de la basura y los excrementos capitalinos. Veinte mil personas vivían entonces en ese lodazal inmundo que algún ministro había decidido llamar Cité Simone en honor a la madre del infante presidente. Era la época de lluvia. Y eso hay que verlo para creerlo. Es que la capital está sobre la bahía y sobre la falda de la montaña está Petionville. Arriba se divierten y viven, debiéramos decir ahora que se divertían y vivían – los ricos, los extranjeros diplomáticos y funcionarios de la pobreza, y la burguesía mulata. Abajo, cerca de la bahía que más que mar era un vertedero de evacuación digestiva en la descomposición urbana, allí sobrevivían los negros pobres, los perros y las ratas. Con los años la construcción y el asfalto fueron trepando la montaña hacia Petionville sin preocuparse de los desagües, improvisando imperfectos e indrenables pozos negros. Con la lluvia se forman verdaderos ríos de lodo, basura y heces, corrientes pestilentes que van creciendo en caudal y fuerza desde más arriba de las terrazas de Petionville donde todavía quedaban campesinos cultivando su petit carreau de hortalizas que las mujeres llevarían en canastos entestados, antes de la madrugada,  cuesta abajo por el camino de la lluvia, cantando sus pasos, hasta el mercado central que quedaba a una decena de kilómetros no muy lejos de las barriadas como Cité Simone que bordean la bahía y se inundan de melena con cada aguaje y vuelta de luna. Y la bajada de las campesinas cantando al mercado por el camino del agua ocurría casi todos los días durante la temporada del agua. Les cuento para que se ubiquen no más…

No había caminado cien metros entre las chozas de cartón y chapas retorcidas de Cité Simone que ya estaba salpicado hasta los labios de ese engrudo marrón verdoso que lo cubría todo, como la gelatina de un postre instantáneo, tembloroso, como algo vivo en plena metabolización. La humedad y el olor eran tan espesos que había que taparse y respirar a través de un jirón de tela que le arranqué a la camiseta empapada de sudor. Respirar era como tragar a la fuerza una sopa fría, grasosa, descompuesta. Terminé tratando de contener las arcadas apoyado contra un poste ante las miradas divertidas de un pelotón de niños desnudos y barrigones. Una rata me pasó rozando el cuello por un travesaño de madera agusanada. Así me encontró Larsen.

1733 Caribe: Cuba, Jamaica, Hispaniola, Haití, San Juan

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Palacio Presidencial -Port-au-Prince – Haiti (enero 6, 2010)

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Me ayudó a incorporarme y lo primero que vi fueron sus impecables ropas blancas de trabajo, como de marinero en puerto o de vendedor de helados en los suburbios de Maryland. Calzaba botas de caucho negro, altas hasta la rodilla. Había adelgazado un poco, y mantenía su expresión alegre, el pelo negro y crespo un poco más desordenado y largo, bajo la gorra también blanca ladeada a la izquierda. El barro y la mierda no lo tocaban. Se movía en ese pantano hediondo con la gracia y limpieza de un cisne, con la misma tranquilidad y soltura con que le recordaba desplazarse en los pasillos del Banco Mundial. Caminamos hasta una choza un poco más sólida que las demás con una ventana que hacía de mostrador de la despensa. Larsen pidió en creole una cerveza Prestige para mí y un puñado de caramelos para los niños. Me acompañó hasta lo del cura, dijo que me pasaría a buscar más tarde y nos dejó solos.

El testimonio de Père Jacques agregó los ingredientes del terror a esa pestilencia. No quiero abrumarles con detalles pero que alcance condecirles que, unos días antes de ese encuentro, la milicia duvalierista había llegado de noche a la choza de uno de los dirigentes del barrio y amigo de Pére Jacques. Un joven de nombre Ulises. “Traían machetes cortos de hoja ancha y pesada”, me dijo el cura que no estaba en el barrio cuando ocurrió el allanamiento. A su regreso encontró sobre el mantel bordado de cruces – el mismo sobre el que en ese momento se apoyaba mi libreta de apuntes – cubiertos de lodo y clavados  con un cuchillo de cocina a la mesa de madera, el pene y los testículos de un hombre. “Con trozos del resto todavía se encuentra uno por allí entre las casitas”, dijo Père Jacques. Me describió otros incidentes pero sólo recuerdo el caso de Ulyses. Cuando salí de su casa parroquial ya era de noche. Larsen me esperaba a pocos metros de la entrada, en cuclillas y de espaldas.

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Índice

1. Portal de las Estrellas
2. Cruz del Sur
3. El Desierto Protector
4. Pijao de Oro y Almanaques
5. El Mago de Palmira
6. Maicao: Testigos Presenciales
7. Pájaro Rengo
8. Inolvidable Portete Bahía
9. Fuga de Acordeones
10. Pase sin Compromiso
11. Mecánica Sócrates y Juventus Spa
12. My Favorite Things
13. Mandrágora, Almizcle y Sándalo
14. Santa Gaza de Palestina
15. Complícame la Trama, Baby
16. Cambio de Bases
17. Le Business Model del Secuestro
18. Trastienda de Arenas Betancourt
19. Fantasías de Medellín
20. Trastienda de Fangio
21. Fondo de Ojo, Confesión en Seco
22. El Almirante, las Perlas y el Fraile
23. Pueblo, Riel y Carbón
24. Cambia, Todo Cambia
25. Despiste de Madrugada
26. Piernas, Cintura y Arrastre
27. La Trastienda de Satanás
28. Acople, Credos y Padre Nuestros
29. El Triangular de Job
30. La Máscara Roja
31. Precisas Instrucciones
32. Rapsodia de Sísifo
33. El Gran Escape
34. Gasolina Express

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Cherie, où est tu, cherie…

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Seis ratas grises, peludas y aparentemente suaves, erguidas sobre sus patas traseras le rodeaban en semicírculo como si fuesen precoces cachorros juguetones. Larsen les daba de comer casi en la boca blancas palomitas de maíz. Al sentir mi presencia se puso de pié ahuyentándolas con un palmazo y unas palabras en creole que no comprendí. La escena duró sólo un instante. Yo estaba débil, exhausto, abrumado , dispuesto a creer que lo había imaginado.

Él seguía impecable, sonriente, solidario. Yo no aguantaba las ropas y el cuerpo dolía cmo si me hubieran apaleado los macoutes o mordido las ratas, o caído encima una avalancha de esa sustancia viscosa que lo impregnaba todo a mi alrededor. Larsen me guió hasta la carretera donde tenía estacionado un Toyota Land Cruiser 4 x 4 blanco con un escudo celeste y la leyenda “Programme Dévelopement” pintada sobre las puertas en un color celeste pulcro y rodeado de ramas de laureles en flor. Le dije que me hospedaba en el Hotel Sans Souci y ofreció acompañarme.

“Te contó lo de Ulyses”, dijo conduciendo con cautela entre las sombras de los peatones y los carros halados por hombres negros de músculos tensos que reflejaban en el sudor las luces de los Tap-Taps, esa especie de camionetas colectivas pintidecoradas con escenas mitológicas, oraciones, proverbios, promesas y ostentaciones.

“¿Es cierto?”, pregunté anticipando un poco de apología desarrollista. “No sé todo lo que te contó pero me arriesgo a decir que es peor, mucho peor…” Despegó los ojos del camino por unos instantes y me miró tranquilo, casi plácidamente. El olor de mis ropas, el sudor agrio pegado al cuerpo, el alienta muerto y el gusto ácido en la boca me quitaban toda voluntad de diálogo pero alcancé a preguntarle que era lo que hacía él. “Construyo letrinas comunales”, me dijo.  “Les enseño a usarlas y mantenerlas. Las vacío cuando se llenan. Lo que saco lo mezclo con la basura municipal y fabrico un compuesto fertilizante que las mujeres del mercado se llevan cuesta arriba hasta los huertos del monte. Es que la basura sola no fermenta bien por el bajo contenido de materia orgánica. Acá lo orgánico en la basura es la comida de los miserables, los mendigos, los más desahuciados, más allá del olvido. Ellos acaban con eso antes de que los camiones que financió el BID lleguen a recoger la basura. Pero cuando está mezclada con una parte en cinco de jugo de letrina me da un compost de primera.”

Larsen manoteaba entre los cassettes amontonados contra el parabrisas tratando de identificarlos con los relámpagos del tráfico. Se decidió por uno y lo insertó en el tocacintas.

Yo sé que les parecerá forzado, artificioso, gastado, ridículo, pero fue así. El hombre le puso banda de sonido al tremendo y ridículo escenario.

“Tienes cara de que te gusta Beethoven”, dijo y sonaron los primeros acordes del último movimiento de la novena sinfonía. Después vendrían las voces de la nueva fe consagrada por la ciencia. Mi primera reacción fue que se burlaba de mí, que me tomaba el pelo. Pero no, así era Larsen  y ese era su mundo. Me preguntó si me interesaba el tema de los fertilizantes orgánicos. Asentí. ¿Qué le iba a decir? Y acompañado por el melodrama musical, los bocinazos, el griterío y un torrente de lluvia, el hombre entonó su canción: “Con la basura, las heces y el orín de Port-au Prince fertilizaremos los suelos muertos bajo la caña, el azúcar y la tala de tus bosques, hacemos renacer esta tierra generosa, y codiciada por siglos por todos los imperios y la cubriremos de jardines desbordantes de huertos, orquídeas, frutas y picaflores. Y esta tierra rebozarte de vida será de quienes la trabajen y, la alimenten y la amen y de nadie más. ¡Hermanos! ¡Hermanos! ¡Hombres y mujeres sanos, fuertes, cultos , creyentes, fraternos y amantes de la paz!”. Larsen disfrutaba a plena voz su Himno la Justicia, la Amistad y las Deposiciones.

El tráfico nos hizo detener detrás de un Tap Tap decorado con la imagen de Dios las manos dando forma al barro y vida al primer hombre, sus dedos extendidos a punto de tocarse, Dios blanco, Hombre negro, entre nuebes sobre el mar, la imagen bajo la afirmación: “Li bon Dieu é Bon”, categórica, indiscutible. Desde adentro nos miraban ocho caras, cuatgro de cada lado, seis mujeres y dos hombres. Reían de buena gana de los dos blancos, quizás de la sonrisa de Larsen y de mi asombrada palidez, quizás de sentirse vistos riendo bajo los faros blancos de Land Cruiser por los ojos extranjeros, par les yeux du blanc. Y Larsen siguió con renovado entusiasmo la parodia al coro de anacrónico pero irredento oiptimismo.

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“Pero no creas que sólo a esto me dedico. Me enloquecen las haitianas. Tdas, destilan sensualidad. Esencia de sexo. No hay nada que se les parezca. Ya verás. No te burlarás ni hablarás de esto en tus notas”, me advirtió.

“Y además tengo la biología. He estado cultivando mezclas de semen y heces y he detectado en uno de cada tres el surgimiento de un organismo mutante que en mis ratas induce el síndrome de inmuno deficiencia. El bicho es muy bello y hábil, hasta parece inteligente. Y he descubierto algo, quizás lo más importante, ese virus muta constantemente pero en sus diversas manifestaciones siempre sucumbe a un exorcismo descrito por antropólogos en ceremonias religiosas a orillas del Congo, rituales y sustancias que unos pocos Hougans honestos todavía producen y practican en Haití.”

Yo lo miré incrédulo y después de unos instantes por grotesco que parezca nos pusimos a reír hasta hacer b rotar las lágrimas mientras el Toyota pasaba frente al Palacio de Gobierno y el cuartel militar, el canto a la humanidad brotando febrilmente por las ventanillas abiertas, entre la tumba de Papa Doc y la diapositiva imagen a colores de su hijo de traje azul y corbata negra, de pié en el salón presidencial. Alrededor de cada farol que ilumina el parque un puñado de estudiantes circula leyendo en voz alta sus apuntes escolares. “Es época de exámenes”, interrumpe Larsen . “en sus casas no hay luz ni espacio. ¿Sabes que Aristóteles y Platón son lectura obligatoria para el examen de grado?

Larsen dobló por la Avenue du Palais hacia Pacot y lueo a la izquierda bajo la alameda rumba a la entrada del Hotel Sans Souci.

“Tienes que poder reirte o te cortas las venas. ¿Puedes creer que los macoutes del barrio no me dejan vaciar las letrinas si no les pago su comisión? ¿Puedes imaginar un Ministro de Obras Públicas que nos pida mil dólares cash por cada letrina que construimos? ¿Sabes que no pasa una semana sin que me visiten por lo menos dos expertos de la ONU en New York o en Ginebra para decirme como debo hacer las letrinas y organizar el proyecto. Cuestan mínimo quinientos dólares diarios esos parasitólogos introvertidos. Así es. La mierda y las ratas son lo más honesto y lo más sano que tiene este proyecto. Más sanas y honestas en todo caso que cualquier burócrata. Créeme es mucho peor de lo que te cuenta Pére Jacques. Lo de Ulyses, aunque frecuente, sigue siendo una especie de aberración. Lo verdaderamente monstruoso es lo cotidiano, lo que todos hemos llegado a aceptar como normal.”

“¿Y las ratas Larsen?”, logré finalmente preguntarle. “Animalitos fascinantes”, dijo. “¿Sabías que tienen más proteína que un conejo y son más inteligentes que los perros?” Pausa. “Acá hay gente que sabe amaestrarlas. Las he incorporado a mi proyecto.” Le pedí que me aclarara de qué estaba hablando. “¿Conoces esa expresión Don´t get mad. Get even?”  Otro cliché. Este lo usan mucho los funcionarios del poder acostumbrados a comerse mutuamente las entrañas in dejar de sonreír. Sugiere no enojarse y concentrarse en cambio en gestar y saborear la venganza, el desquite.

Llegamos a la entrada del hotel Sans Souci. El viejo Milcyade – negro, canoso y flaco, arrastrando sus enormes botas de vaquero olvidadas seguramente por algún tejano contratado por el gobierno se acerca y me ayuda a bajar del Land Cruiser. “¿Sabías que en este hotel Graham Greene escribió Los Comediantes? Lo sabía. “Él se acercó bastante pero no llegó a alucinarse. Perder la razón es indispensable.

En el vestíbulo abierto, e propietario y administrador interrumpe su lectura de un viejo ejemplar de Le Monde y nos da las buenas noches desde atrás del mostrador de recepción. Dos hombres, un blanco de guayabera y un negro de traje y corbata suspenden su diálogo al vernos entrar. Larsen se acerca a la mesa y les saluda indicándome que le siga la corriente. Nos presenta: “Robert Pierre Lafronte du Ministére…. Mister Eugene Lamb, an expert sent from Washington to advise us on the expansion of the project… El caballero es un periodista especializado en desarrollo y economía…”

Sobre la mesa hay dos copas de Rhum Punch. La mano del hombre de Washington eraq fría y blanda, como si no tuviera huesos debajo de la piel y la grasa. La noche húmeda siempre resalta la palidez de los extranjeros blancos. Lleva un brazalete dorado en la muñeca derecha. El hombre del ministerio me saluda con la cordialidad que los funcionarios internacionales y los políticos reservan para las putas enfermas, los periodistas y otras detestadas amenazas a su bienestar. Una lagartija se escurre entre las patas de la mesa hacia el diluvio cotidiano sobre el jardín de rododendros, helechos y trepadoras. No podían ocultar el desagrado que les causaba mi lamentable estado. “Mi amigo kha tenido un día agitado recorriendo nuestras instalaciones en Cité Simone. Nos disculparán”, se disculpó Larsen. El viejo Mylciade se adelantó trepando lentamente la escalera hacia la habitación. “Están negociando el reparto. Con menos de un millón cumplo con lo que pide el contrato. Quedan dos más. Uno para cada ministerio otro para el consultor. Ulyses sabía del asunto, conocía los detalles, los nombres. Los tenía grabados. Iba a denunciarlos a través de un colega tuyo en Paris. Ellos se le adelantaron. De ahí los macoutes.”

Frente a la habitación once Larsen pide algo en creole a Mylciade que se repliega en silencio por el oscuro corredor. Le invito a pasar. Me responde que no, que todavía tiene trabajo que hacer, y cuando me apresto a cerrar la puerta se detiene y otra vez sonriente dice: “Es peor para mi porque Pére Jacques todavía cree en su proyecto de fe y yo ya no puedo creer en el mío… ¿Grave, no? Sin fe no hay nada fácil.  Descansa amigo que lo necesitas…”

Me acerqué al espejo sobre la cómoda de ébano rojinegro. Tenía una expresión enferma, como si hubiese envejecido diez años en esas seis horas, como si la inmundicia sobre la cual Larsen se desplazaba tan impoluto y alegre me hubiese drenado las venas. Lleno la tina y me recuesto dentro del agua tibia. Me refriego con una esponja de mar hasta casi quitarme el pellejo enrojecido. Me enjuago bajo la ducha fría. Me seco y boto ropas y toallas fuera de la habitación. En la mesa de luz encuentro un humeante tazón de té y una copa con tres medidas de Barbancourt cinco estrellas. Esa noche dormiría profundamente. Me recuesto sobre la cama y siento los viejos resortes ceder y envolverme.

Me imagino con Laxen y Pére Jacques, los tres frente a una de las letrinas comunales. Larsen inserta un grueso tubo de plástico blanco acordeonado por el frente de una de las entradas y lo inserta en el hueco donde se agacha el usuario. El otro extremo de la manguera banca está enchufado en una especie de aspiradora gigante con dos tanques transparentes, uno medio lleno de excremento licuado y el de sangre sucia. Seis ratas juegan a la rayuela. “Esta, una vez filtrada , es exportable”, dice Larsen señalando el tanque rojo oscuro. Yo escribo algo en mi cuaderno. A un costado de la aspiradora hay un balde de plástico también blanco. Larsen dice que son huesos y que le causan problemas atgorándole la aspiradora. El cura se persigna. De pronto me estoy hundiendo en el lodo.

Fue un grito como los que uno no logra emitir en las pesadillas, un grito de horror incontenible, desesperado, “Ahhhh… ¡Godamn it! Help me somebody… Ahhhh… ¡Get these fuckers off my back! Sentí un río de adrenalina correrme por el cuerpo. El terror contagiado. La voz, familiar pero irreconocible, resonaba en la carcasa del hotel como si fuese un túnel tallado en piedras. El despertador marcaba las tres de la mañana. Salté de la cama y salí al pasillo tratando de ubicar el sitio del pánico y los alaridos. Por las escaleras escuché la voz del guachimán: “J’arrive. J’arrive…” y la explosión de vidrios rotos y muebles volteados. Corrí hacia las habitaciones del fondo de donde parecían provenir los gritos. “¡Jeeezus fuckin’Christ! Please noooo… Please Don’t…” La puerta de la diez estaba sin llave y la habitación vacía. Lo que fuese estaba ocurriendo en la nueve y la puerta estaba con cerrojo. “¡Get them out of here!” La pateé una y otra vez hasta abrir un hueco en la madera vieja y astillada. Adentro en la penumbra estaba el experto Dr. Lamb, desnudo, revolcándose en el suelo, manoteando ciegamente. Sobre el pecho y el vientre, entre los muslos, de un extremo al otro del cuerpo se movían unas sombras indistintas que lanzaban chillidos agudos, histéricos. Metí el brazo por el hueco, sentí la quemazón de la madera rompiendo piel y tejidos, destrabé el cerrojo y empujé la puerta. Dos ratas me hicieron frente arqueando el lomo, los pelos erizados, resoplando entre dientes su advertencia: “¡No te metas que esto no es contigo!” Parecían gatos guardianes que debían impedirme interferir y dar tiempo a las demás que terminen su tarea y salten hacia la oscuridad por la ventana sin vidrio. Las dos guardianas se escurrieron entre mis piernas y se perdieron en la penumbra del corredor.

El experto, Dr. Lamb, había dejado de gritar y de gemir. Tenía los ojos casi en blanco, abiertos, fijos en una expresión terror sin nombre. Tenía la respiración irregular, entrecortada, el corazón desbocado en un arritmia vertiginosa. Con el sereno y el viejo Mylciade tratamos de llevarlo cargado abajo, hasta el vehículo que podría llegar a un hospital. Fue inútil. El cuerpo expulsaba toda su sangre. El paro cardíaco fue irreversible. Hubo unas pocas convulsiones como si al cuerpo le estuvieran descargando golpes eléctricos y nada más.

Una semana después del incidente había completado la recolección de datos y entrevistas para la crónica sobre los programas internacionales de desarrollo en Haití. La enviaría a la revista por Telex desde Miami ya que el servicio en Port au Prince era poco confiable. Hice llegar un mensaje a Larsen y ya en camino al aeropuerto indiqué al taxista que ingrese a Cité Simone. El hombre se dio vuelta para confirmar la orden. Le dije que conocía el barrio. Era casi mediodía y el sol sobre la lluvia estancada alimentaba una humedad casi palpable. Larsen me estaba esperando donde lo encontré la primera vez. Estaba como siempre: contento, fresco y con su iluminada expresión de imperturbable optimismo. Caminamos buscando sombra. No hablamos del incidente del Sans Souci. “Espero que tu viaje haya sido provechoso”, me dijo ofreciéndome sonriente su mano de despedida. La mía estaba sudada y fría. ¿Será tan dulce el sabor de la venganza?, me pregunté. Al tocarnos sentí escalofríos. Larsen mostraba una sonrisa dulce, tranquilizante casi. Monté al taxi y salimos de Cité Simone rumbo al aeropuerto internacional François Duvalier.  En el billete de American Airlines a Miami todavía se ve la fecha, Julio 4 de 1979. No podría estar en la cena que ofrecía el Embajador por el Día de la Independencia.

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Palais du president – Port-au-Prince – Haiti  2009- 2010

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