Caciques Guajiros 1909 – Hojas de Ruta

por lofredo

Por Adelaida Sourdis Nájera

El desierto y el mar eran su casa. Nómadas recolectores y pescadores de perlas a la llegada de los españoles, durante el siglo XVII vivieron un proceso de aculturación que los llevó a convertirse en pastores y ganaderos. Aprendieron rápido.

Los impresionantes animales de cuernos y veloces centauros que trajeron los blancos, se constituyeron en su diaria preocupación, patrimonio y símbolo de posición social. Independientes y libres como el horizonte infinito de su península, no se doblegaron ante el conquistador ni aceptaron por mucho tiempo la tutela del misionero. Los documentos los describen como valientes, orgullosos, celosos de su libertad, hábiles comerciantes y prodigiosos jinetes. Sus caballos, conocidos con el remoquete de “águilas” por su velocidad y capacidad de aguante, eran famosos y muy cotizados. Descendían de esas especies árabes que dominaban el desierto africano y las llanuras andaluzas.

Tuvieron estos indígenas una particularidad muy propia: su capacidad para asimilar nuevas costumbres y técnicas sin perder su identidad. Esto representó para la Corona una dificultad seria pues no pudo ponerlos a trabajar para sustentar a la población española como sucedió en otros lugares. Aprendieron a comerciar con ingleses y holandeses que les enseñaron el uso de las armas de fuego.

Cambiaban perlas, vacunos, mulas y cueros por pólvora, municiones, aguardiente y telas. Riohacha y tres o cuatro poblaciones de españoles fundadas los siglos XVI y XVII vivían asoladas por sus incursiones y en permanente zozobra.

La pesquería de perlas, que había sido el origen de dicha ciudad y provincia, estaba casi extinguida en el siglo XVIII en buena parte por sus continuos ataques, y el camino hacia Maracaibo no se podía transitar sin costosas escoltas porque las emboscadas eran frecuentes.

Además, se convirtieron en garantes del contrabando en gran escala que hacían samarios y cartageneros en las abrigadas caletas de su extensa costa, pues la autoridad real no llegaba a la península. Los únicos que lograron penetrarlos fueron los misioneros capuchinos que con buenas maneras fundaron cuatro pueblos y congregaron a algunos grupos bajo “policía y campana”.

A través de un pasaje llamado Soldado, entre las jurisdicciones de Riohacha y Valledupar, entraban y salían las recuas de mulas de la Alta y Media Guajira, cargadas de mercancías de ilícito comercio.

La situación se tornó tan crítica que a mediados del siglo XVIII las autoridades decidieron llevar a cabo una ofensiva total contra los indómitos indígenas. En 1767 se autorizó una expedición de conquista y pacificación -tal y como se hacía doscientos años antes- a un catalán tratante de negros llamado Bernardo Ruiz de Noriega, quien armó una hueste a su costa y recibió prerrogativas y privilegios como todo un conquistador.

Por un tiempo logró buenos resultados pero la actuación posterior de un gobernador y los desmanes de ciertos hacendados ofendieron a los indios, quienes cinco años después estaban nuevamente en pie de guerra. Destruyeron las poblaciones, quemaron las iglesias, acabaron con ganados y sementeras, espantaron a los pobladores y se atrincheraron más fuertes que nunca en sus rancherías y abrigos en la Sierra Nevada.

La alarma fue grande, sobretodo porque representaban una amenaza para la seguridad nacional. Los ingleses rondaban las costas como Pedro por su casa y el peligro de una invasión por las costas guajiras era muy real. Tan poca entrada tenían las autoridades que hubo un inglés que permaneció entre los nativos cerca de 4 meses impartiéndoles entrenamiento militar.

Llegaron a ser tan diestros en el uso del fusil que superaron por mucho a las milicias ciudadanas encargadas de la defensa. Además, el ataque lo combinaban con flechas envenenadas. Aunque nunca lograron una unión estable entre ellos, pues primaban los clanes familiares, llegaron a reunir, según un censo ordenado por el Obispo de Santa Marta, el impresionante número de cerca de 6.000 hombres armados y a caballo. Hay testimonios que dicen que llegaban a 10.000. El dos de mayo de 1769 estalló la revuelta contra las autoridades españolas.

Ante un problema tan grave la solución fue proporcionada. De España llegó el regimiento de Saboya para combatirlos junto con parte de las tropas regulares de Cartagena y Santa Marta. Pero el comandante español, Don Benito Enzio, se acobardó ante la situación y fue incapaz de enfrentarlos. La rebelión tomó un cariz alarmante. El recién llegado Virrey, Don Manuel Guirior, actuó con presteza. Relevó al comandante y nombró a uno de los militares más brillantes del reino para dirigir la expedición de pacificación.

Nadie menos que el Brigadier General Don Antonio de Arébalo, el estratega de la defensa de Cartagena. Arébalo desembarcó en Riohacha a finales de 1772. Durante cerca de cinco años actuó con una afortunada mezcla de severidad militar y actitud conciliatoria.

Empezó con un indulto y perdón general a los que se sometieran. Muchos lo hicieron, pero otros lucharon hasta el final con cuantiosas pérdidas de vidas y bienes de parte y parte. Se distinguieron aguerridos caudillos indígenas como Antonio Paredes, jefe de los Cozinas, y Capitancito y Juan Jacinto1 que pelearon hasta la muerte.

Las tropas españolas recorrieron la península desde Riohacha hasta el Cabo de la Vela y el Brigadier General logró entenderse con los caciques y capitanes. Se convinieron tratados de paz, se refundaron las poblaciones destruidas y los altivos guajiros accedieron a organizarse en pueblos.

Parecía que el peligro al fin se había conjurado y Arébalo se embarcó hacia Cartagena, pero el sometimiento lo fue sólo a medias. Riohacha recuperó la tranquilidad mas la Alta Guajira volvió al dominio de sus dueños. Las poblaciones refundadas desaparecieron, ya por la acción del Estado que se vio imposibilitado para mantenerlas, ya por la furia de los indios desatada nuevamente. Pueblos como Bahiahonda, Menores, Orino, El Rincón, Laguna de Fuentes o Boronata, hoy sólo figuran en la memoria histórica. El tiempo sigue su curso y grupos indígenas de sonoros patronímicos como, Guinzarares, Pusiarines y Macuiras son también sólo nombres en el recuerdo…

Adelaida Sourdis Nájera. Historiadora, miembro de número de la Academia Colombiana de Historia y correspondiente de las de Cartagena, Bogotá, Real Academia de Historia de España y Salvadoreña de Historia.

Referencias

Fuente: SOURDIS, Adelaida. Antonio de Arébalo: la pacificación de la Provincia del Río del Hacha (1770—1776) Investigación y prólogo. Bogotá, 2004. Surtigas. El Áncora ed.
1 Nombres dados por los misioneros.

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Índice

1. Portal de las Estrellas
2. Cruz del Sur
3. El Desierto Protector
4. Pijao de Oro y Almanaques
5. El Mago de Palmira
6. Maicao: Testigos Presenciales
7. Pájaro Rengo
8. Inolvidable Portete Bahía
9. Fuga de Acordeones
10. Pase sin Compromiso
11. Mecánica Sócrates y Juventus Spa
12. My Favorite Things
13. Mandrágora, Almizcle y Sándalo
14. Santa Gaza de Palestina
15. Complícame la Trama, Baby
16. Cambio de Bases
17. Le Business Model del Secuestro
18. Trastienda de Arenas Betancourt
19. Fantasías de Medellín
20. Trastienda de Fangio
21. Fondo de Ojo, Confesión en Seco
22. El Almirante, las Perlas y el Fraile
23. Pueblo, Riel y Carbón
24. Cambia, Todo Cambia
25. Despiste de Madrugada
26. Piernas, Cintura y Arrastre
27. La Trastienda de Satanás
28. Acople, Credos y Padre Nuestros
29. El Triangular de Job
30. La Máscara Roja
31. Precisas Instrucciones
32. Rapsodia de Sísifo
33. El Gran Escape
34. Gasolina Express

~ por lofredo en Mayo 4, 2010.

Escrito en Gino Lofredo
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