1. El Portal de las Estrellas

por lofredo

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La Gran Colombia

“Al contemplar la reunión de esta inmensa comarca, mi alma se remonta a la eminencia que exige la perspectiva colosal que ofrece un cuadro tan asombroso. Volando entre las próximas edades, mi imaginación se fija en los siglos futuros, y observando desde allá con admiración y pasmo la prosperidad, el esplendor, la vida que ha recibido esta vasta región, me siento arrebatado y me parece que ya la veo en el corazón del universo, extendiéndose sobre sus dilatadas costas, entre esos océanos que la naturaleza había separado y que nuestra patria reúne con prolongados y anchurosos canales.”

Simón Bolívar
Congreso de Angostura
Febrero 15 de 1819

Atlas de la República de Colombia por José Manuel Restrepo, Secretario del Interior.
París, 1827. Librería Americana, Calle del Temple, no. 69 Imprenta de David
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Le ordenaban salir de la ciudad bajando hacia la costa, por las carreteras saturadas con el flujo tenso de los que buscan el mar para descargar en él todo el voltaje urbano que no se aguanta quieto y les funde el cobre, les quema las correas, les corroe los rulimanes y hace sangrar los frenos sobre el pavimento, como si tanto fracaso nervioso les hiciera evacuar óxido férrico.

Las instrucciones de traslado y escape estaban raspadas, sin tinta, sobre la cara interior del envoltorio encerado de una barra de Maníchoco estrujado y embutido en un hueco detrás del ladrillo suelto marcado con una “V” rodeada por un círculo de tiza blanca, de trazado reciente y medio perdido entre el graffiti con el que la nueva generación, saturada de hormonas y plomizos residuos de combustión busetera, recicla a gritos verdades de agua tibia y justas aspiraciones genéricas de amor, libertad y deleites diversos.

Páramo de Niebla
Pucará de Pambamarca
Punto Geodésico La Condamine 1735- 1744

Ellos, Los Responsables del mensaje detrás del ladrillo marcado y flojo, querían que él, Don Aparicio Retaguardia, el nombre cariñoso con el que identificaremos a nuestro personaje durante las aventuras que se avecinan, se mezclara con su Africana motocicleta entre los arrebatados del puente festivo del jueves al domingo, con los que salen exhaustos de la capital y llegan moribundos a pisar descalzos la arena, con el tiempo justo para tanquear jarabes con aguardiente; dispuestos a ensordecer hasta la ceguera con éxitos musicales de ayer, de hoy y de siempre, con los bajos amplificados hasta el filo mismo de la combustión espontánea; en ayunos engañados con chatarras de sal en funda; ansiosos de embuchar rechazo de mariscos enjuagado con cerveza, y cachos de serranos sobradores, tragar y expulsar, hasta caer de rodillas, rendidos sin condiciones, agradeciendo en vómito de lágrimas los garrotazos del obligado descanso patriota y festivo.

Ellos, Los Responsables, le ordenaban hacerse parte del descenso al infierno en el que dan siga y luz verde hasta a la Pantera Rosa pedaleando un triciclo. Mezclarse con su moto entre la desesperación y enrumbar oportunamente hacia el destino señalado y requerido. Aparicio admitió cierta lógica en las instrucciones: en ese bacanal peregrinaje, el veterano motociclista barbiblanco no llamaría mayormente la atención de los controles de ruta y los llamados a moderar la velocidad, a no rebasar en curvas y a no conducir con alcohol en la sangre. Es decir, pasaría más o menos desapercibido, siempre que Los Otros, léase, los otros interesados en interceptar su salida del descanso sustentable y promover su desaparición repentina, fueran previamente advertidos de su aspecto, su ruta y sus horarios.

En el mismo envoltorio de Maníchoco, y también sin tinta, raspó para confirmar el recibido de las instrucciones. Puso el código de fecha de partida y el nombre del próximo punto de encuentro en el país contiguo: un balneario agradable y tolerante de la diversidad y los perfumes fuertes, a un centenar de kilómetros al Sur de la frontera.

Salió dos días antes de lo indicado en el Maníchoco, antes de medianoche y en dirección contraria. No bajó hacia el Pacífico sino que subió hasta el callejón de los volcanes, entrando y saliendo de los caminos empedrados siglos antes por conquistados, rebeldes y cosmonautas campesinos para que por allí pasaran bestias, carretas cargadas de alimento y hombres blindados, de paso hacia uno y otro destino, para extender conquistas y descuartizar alzados disconformes. Salió hacia el Noroccidente porque ni a Los Responsables ni a Los Otros, advertidos o no advertidos, y ni siquiera al mismo Aparicio Retaguardia se le ocurriría que quien siempre soñó ser Jason Bourne, el de la identidad perdida, la supremacía recompuesta y el ultimátum en juego, trataría de cruzar por el Portal de las Estrellas.


Laguna del Quilotoa
3.914 mnsm
Daniel Lofredo (2009)
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En uno de esos tramos solitarios y de niebla fría, Aparicio nota los primeros temblequeos del velocímetro: por momentos marca los sesenta por hora que debiera y de pronto baja a treinta y a cero y trepa de vuelta a cien cuando la moto se desplaza al paso de las pastoras y sus corderos. Tiembla. ¿Querrá decirle algo la Africana al viajero? Algo como “¿Estás seguro de esto, Aparicio?” En realidad, es Aparicio el que se pregunta eso mismo, pero prefiere endosar las dudas y los naturales temores que siempre se presentan al inicio de un viaje largo, con metas poco claras y atravesando territorio arrabalero. Zonas firulete. Partes con quebrada y sentadita. Sigue saltando la aguja. ¿Parkinson? Que se sepa, nadie ha demostrado que la baja disponibilidad de dopamina afecte la estabilidad de los velocímetros de motocicleta. Pero los de la aguja son espasmos. Espasmos que hacen pensar en animal lastimado y malherido.

“Sería hermoso desaparecer por completo y ser el único que lo supiera”
Elías Canetti, Apuntes (1968)

Habla el mecánico: Lo que sucede es que el tornillo sin fin del cable que cuenta las vueltas de la rueda delantera está gastado y deja de topar. Justo acá y ahora le da por dejar de contar. Acá y ahora: mirando desde la ceja de montaña, a través de la niebla, el acercamiento al Portal de las Estrellas y el Cruce. El mecánico: Cuando zafa, el velocímetro no empuja las cinco ruedas dentadas del cuentakilómetros; que marca con tesón los 54.671 km recorridos tallando en granito y callos bolivarianos el sueño del 68, cuando esto empezó para Aparicio Retaguardia, y no acaba…

Cuando la aguja deja de moverse y se acuesta en cero, el cuentakilómetros se traba en su cifra, en esos cinco números y en ese orden: 54.671. No son casuales. Significan mucho pero no es fácil entenderlos. Requieren cariño y respeto para dejarse leer. Cariño y respeto que piden tiempo, lo único que cuenta cuando se nota la escasez; noches en vela en que habrá todo el silencio y todas las horas necesarias para hablar de números. Tiempo que se hará presente cuando sea oportuno, del otro lado, una vez cruzado el trecho de los ojos y los documentos. Números. Sitios, recientes y no tan recientes, de residencia. Lista larga. Pero el viajero ahora asume con soltura su identidad. Es lo que es y no tiene nada que ocultar. Realmente no tiene nada que ocultar. Es un viejo jubilado que viaja en moto por las Américas porque siempre quiso hacerlo y nunca tuvo ni la plata ni el tiempo, y ahora sí los tiene: la plata que no es mucha y el tiempo que, aunque contado, es más elástico que en otros tiempos, y casi no tiene apuro.

Así, con los números quietos, llegó a la Laguna de los Pájaros cuando empezaba a aclarar por detrás de la cordillera oriental, y las aves rosadas asomaban la cabeza cobijada entre las plumas, con el pico apuntando a la cola. Cada bolilla en su sitio, los números cantados, cartas echadas. Con eso habría que arreglarse durante el resto de la jornada. Desde la salida de la ciudad, y en cinco horas, había recorrido sólo 200 kilómetros de trocha y empedrado, cuando llegó a la bifurcación. Doscientos kilómetros de soledad y ensueño, versiones de libertad.

La vía izquierda es más ancha. Sin mayor misterio y sin ocultarse, por ella se llevan corderos y cabras, algún chancho amarrado en carreta o en el cajón de una camioneta, tarros de leche aún tibia que se balancean al paso de burros y mulas. Las mujeres, encorvadas de espaldas pero mirando firmemente al frente, cargan morrales de yerbas de sanar y especies de cocina y encurtir para el mercado fronterizo. Es durante la madrugada y al atardecer que esas trochas están más transitadas.

Por la derecha el camino se vuelve estrecho y por momentos se esconde. El empedrado escasea y los charcos de lodo se confunden con la maleza por donde se oye escapar el agua como si fuese fauna viva.

Es el sendero que se toma cuando el cruce debe ser invisible o fatal, el único posible o el último. Esa vuelta es para bestias y guerreros. Por allí las ruedas son un despropósito. Ahí se pierden hasta los árboles, las brújulas se tuercen y los GPS señalan curvar a la izquierda en la próxima intersección para subir al Brooklyn Bridge; se pierden en la selva y si alguna vez asoman al descubierto y ven cielo, sienten que el vapor de insectos les ha digerido la memoria del porqué están donde están: sitios en los que sólo Dios y la Agencia pueden ver los quanta de luz reflejados en el machete y su ausencia en el sudor de las axilas. Enmascarados.

Aparicio detiene la moto al costado de la acequia cargada de agua pura de las fuentes del nevado. Apaga las luces gemelas y desmonta. Se agacha y se arrodilla a beber agua helada. Se quita el casco y el pasamontañas y se moja la calva, la barba, los ojos, los labios resecos.

“Quienes fueron por las hostias, el vino y los ornamentos no regresaron solos, mucha gente venía con ellos portando velas, cirios y flores. Comenzó la primera misa al buen Dios por la presencia de su Madre en estas tierras de Nariño.”15 de Septiembre de 1754.  Notas Parroquiales

Iglesia de la Virgen de Lajas
Nariño, Colombia (2007)

Deja pasar la caravana hasta sentir el silencio en la niebla. Está bien arropado. Cuero, botas y poncho negro impermeable. Filtra el aire helado a través de dos vueltas de bufanda de lana gruesa y olor animal. El pasamontañas le oculta la barba. Los ojos claros lo señalan como afuerino. Aparicio se mezcla con el silencio, casi invisible, inmerso en la neblina y el rocío.

Retaguardia separa lo que llevará, siempre demasiado a último momento; duplicados, por si acaso; copias de documentos y billetes en escondrijos: cinco por acá, cinco por allá, uno bajo la plantilla, otro con las herramientas.

Hasta los dos cilindros de la Africana ronronean con calma junto a los mugidos y el claqueteo de los animales que se alejan. Aparicio se llena de los rumores del amanecer. A esa altura debe respirar hondo y metódicamente para nutrirse del aire liviano. No tiene ni necesita altímetro. A su derecha intuye otras lagunas de páramo. La vegetación es corta y las plantas se amontonan en colonias para conservar el calor diurno y prosperar. Clavado en un tronco hay un rótulo con “4300 Metros” pintado de verde con una brocha de pelo grueso y despeinado. Piensa que está un poco más alto. Los charcos en la trocha están cubiertos de una capa de hielo que no desaparecerá hasta la media mañana, cuando caliente más el sol.

Se mueve evitando cualquier esfuerzo dispensable, aspirando y soplando regularmente, llenando y vaciando el pecho. Su corazón late más rápido. Se imagina los ejércitos de glóbulos rojos buscando en el laberinto de conductos, bronquiolos y alvéolos el sitio justo para el cambalache de oxígeno, carbón y energía en cada bocanada de aire. No dan abasto. Están acostumbrados a una presión más alta. Más valencias disponibles. Dióxidos sacando carbono dispuesto a vegetalizarse bajo el sol. Inicia el descenso para evitar que la escasez de oxígeno lo inmovilice en un mal momento. Avanzando, reconoce que se encuentra al filo del balcón de montaña desde donde por momentos distingue, a través de la neblina y por debajo de las nubes, la última ciudad previa a los controles de aduana y migración, para las mercancías, las personas y los derechos intelectuales, que ahora también requieren cédula y visa de turista o negocios.

El río y el puente permanecen ocultos en la espesura grisácea e inquieta. Cada tanto le llega desde abajo un soplo hondo y largo, campanazos, y entre las bocinas camioneras, un recurrente silbato agudo como si alguna industria hiciera sonar la cuenta regresiva hacia el inicio de la jornada laboral. La niebla se espesa alrededor de la línea misma de la frontera y esconde casi todo el más allá de las barreras donde se atraviesa el espacio casi gelatinoso que parece sostener en tensión, como una membrana jabonosa, el arco macizo y afilado hacia adentro, un círculo casi completo de rocas talladas en calza romana. Un largo y denso desfile de despedidas y augurios ambiguos de pronto retorno.

El espacio es tan denso que al acercarse el viajero lo siente esférico, resistente y adhesivo. Atravesando las ráfagas de viento que se revuelcan en la estrechez de la quebrada, bajo el puente, distingue las letras borrosas de otros rótulos y pancartas pintados. Imagina consignas de patria, advertencias sanitarias, influenzas, aftosa viral, la roya cafetera, Hemileia Vastatrix, Uredines, hojas rojizas, para la buena salud y la seguridad personal, votos de felicidad y buenaventura. Un espacio de despedidas abruptas y bienvenidas cautelosas. El Portal de las Estrellas, el cruce donde despierta del sueño la razón y empiezan los temblores de fondo. Cosquillas violentas, esas entre las que duelen y las que aflojan las lágrimas hasta matar de risa.
Antes de entregarse sin condiciones al papeleo, Aparicio quiere pan de yuca con queso de hoja y yogur. Una jarra cervecera llena de sumo de mora de monte con naranja recién estrujada. El color de la sangre, el sabor del trabajo, la chispa del amanecer del día en que todo es posible.

El Marqués del Yogur y Pan de Yuca dice ser de Popayán, aunque suena más cafetero y despierto. El puesto de su comedor de frontera no podría estar mejor ubicado. Todo el que pasa lo ve y desea lo que ofrece. Un puñado de muchachos y niñas lleva, cobra y vuelve. Cómo consiguió que lo dejen trabajar allí y cuánto gasta al mes en repartos no lo sabe ni la Agencia. Vende nostalgias al que se acerca y al que se aleja. Al que escapa y al que regresa. Al que está de paso y al que difícilmente se vuelve a ver por allí o por cualquier parte.

El Marqués del Yogur y Pan de Yuca se interesa por el viejo mosquetero jubilado Don Aparicio Retaguardia, el Viejo del Sur con su moto tan pasada de moda. Ya leyó la historia en las calcomanías de la Africana. En las cicatrices del viajero, el cuero curtido, los parches en los golpes. ¿Y a dónde dice que se va de vacaciones? ¿A La Guajira? ¿Y a qué? A ver, cuénteme pa’ qué. No me diga que le gustan las Indias al carbón Wayuu. El chivo. La arena encendida. ¿O piensa seguir a Maracaibo? Porque ahí sí que la papaya es dulce y con aguardiente… Eso sí es un cangrejal…

El Marqués habla sin pausa, sin dejar de atender las órdenes, el horno, la licuadora y los muchachos que van y vienen con precisión de larga vida en el cruce. Habla sin pausa y mira el rostro del viajero tomando nota de cada reacción a su jugueteo del Divino Adivinador. Lee al cliente como las gitanas la palma de mano y la baraja española. Pasado, presente y futuro.

¿Busca una maracucha que le quite los achaques y le destape los carburadores? Si es eso, tómese un avión y llega descansado. Hace su negocio y tranquilo, se va de vuelta a su cuchito.

Aparicio dice que la moto y él son uña y mugre y que van juntos o no va ninguno.
Pues, hombre, no quiero desalentarlo —dice el Marqués— de verdad no quiero quitarle el entusiasmo. Pero escúcheme bien: es que lo más seguro es que le roben la moto y que a usted lo levanten y se lo lleven al cambuche o me lo maten por el gusto no más de verlo acostado. Yo de usted agarraba mi motico y me iba en el término de la palabra para otro país. Eso ya pasó en Colombia: un Argentino se dio a la innecesaria tarea de recorrer el continente en bicicleta y no tuvo problema hasta que pisó Colombia, nuestra tierra querida, y ahí mismo le robaron la bicicleta y por poco le empacan una puñalada. Ojo, allí el que da papaya se devuelve sin nada pa’ su casa, maldiciendo la mala decisión de ir a conocer ese muladar.

Suerte que no quiere desalentar, su merced, el Marqués, porque con ese discurso estimulante ya casi cancelo.

Cancele hombre, mejor cancele. Vea, yo tengo un hermano en Zurich que se hizo asesora de imagen, imagínese, se puso su salón y me dice que allí sí que se siente segura. Y en moto también. Esos caminos. Nada de baches ni pesca milagrosa ni vacuna. La maravilla. Yo me fuera pero tengo obligaciones, familia. ¡Y dos nietos mellizos!

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Acá termina el Primer Capítulo de Hojas de Ruta – Aventuras de Aparicio Retaguardia.   Puedes comprar Las Aventuras de Aparicio Retaguardia – Hojas de Ruta en TodoeBook .