2. Cruz del Sur

por lofredo

Rey de Fronteras Lima/Caracas Daniel Lofredo (2008)

Si el Marqués hubiera querido desalentar realmente al viajero lo habría logrado describiendo con sobriedad algún incidente que de tan envuelto en silencio ya es invisible. Candidatos al Reino de las inocurrencias, los insucesos y la antimateria.

El viajero es un ciudadano legal y documentado. Es una persona real. Tiene nombres y apellidos como cualquiera. De hecho tiene más nombres y apellidos que el común de los mortales, por ser fruto de generaciones de expertos en el desplazamiento estimulado por desaciertos en el momento y el sitio: cosechas truncas, persecuciones, despojos, paleodiscrepancias, deudas desnudas y opiniones desafinadas; temblores inadvertidos levantan tsunamis de megamudanzas hacia costas erradas, atrofias de lengua por ahorcamiento con cuerdas vocales, idólatras adopciones de tambores y crucifijos, sincréticas quimeras gastronómicas, tarántulas tecleando bandoneón con el cangrejo violinista; oficios impensables, sacerdotisas colchoneras, sastres sinfónicos amenizando remates… Así se coleccionan cédulas y pasaportes como si fueran cromos adhesivos de los astros del balompié.

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En este cruce será un neoyorquino nieto de griego con siciliana conversa, afincado por el azar en una perla pulida por el viento del Mar del Sur. Técnico en suelos y geomembranas. Jubilado. Viudo. Aficionado a la fotografía. Viajero incurable. De poco equipaje. Con cámara y sin celular. Guía turística desactualizada y ningún familiar conocido que pudiera dar por referencia. En caso de emergencia, contactar un número que resulta ser un despachador de taxis en Silver Springs, Maryland.

Para nosotros será Aparicio Retaguardia. Aparicio porque así figura en una partida de nacimiento, y Retaguardia porque cuando viaja con otros es siempre el último —y a veces el único— en llegar al destino.

Los que cuidan el acceso y el estacionamiento lo dirigen hacia una esquina del fondo donde tramitan cruces desde dos tráileres de aluminio blanco con aire acondicionado y los vidrios de cada puerta y ventana oscurecidos por una película azul naranja, que oculta el interior y resalta sin duda lo que hacen afuera los que esperan ser admitidos.

El Reta, con los documentos en mano, se pone al final de la fila de la primera gestión. Ante esa oficina lateral sólo esperan hombres. No son muchos. Unos manejan camionetas de carrera liviana que cruzan a recoger algo de valor que pueda pasar de regreso sin declaración entre un poco de ropa en liquidación y zapatos deportivos mantenidos en pareja con un nudo en los cordones. Dos son taxistas y van a buscar pasajeras de fin de semana que quieran estar esa noche en la capital.

“Guárdate de hacer alianza con los moradores de la tierra donde has de entrar. Derriba sus altares, quiebra sus estatuas y destruye sus imágenes. No te inclines ante ningún otro dios pues el nombre de Yahvé es Celoso y Dios Celoso es.” Éxodo 34:10

Desentona una pareja cansada: canas sin tinte, traje gastado gris verdoso, corbata gruesa y floja, cuello sudado desabrochado, puntas largas acortan el torso y el hombre; ella lleva calzado de taco ancho, gastado y zurcido por fuera, las medias opacas color piel terminan debajo de la rodilla, y lleva una cartera que es casi una bolsa marinera. Podrían ser maestros rurales de algún pueblo chico. Al Reta se le ocurre que los salarios deben llegarles siempre con atraso. Quizá quieren cruzar para ir a un entierro. Aunque no están de luto. Las familias de frontera suelen tener parientes en ambos lados. En todas partes es así.

Dos motos cargadas y con la cáscara de polvo de mucha ruta y poca pausa van frente al Pan de Yuca y no se detienen. Son grandes y pesadas: KTM 990, BM 1200; valijas originales boutique, GPS. Ruteros cinco estrellas. Se acomodan junto a la Africana y desmontan. Están apurados. Hablan entre sí para que los de la fila los escuchen. Por los pasaportes y el acento, el Reta los pone en el MERCOSUR: uno de San Pablo y el otro porteño y aficionado al golf, según una calcolomanía con palitos cruzados como para picar sushi. El Reta saluda y extiende la mano. El paulista responde sin quitarse los guantes de Kevlar reforzado. El otro sonríe al anciano pero ya está pensando en cuántas horas harán hasta un club más allá de la segunda franja de ruinas.

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