32. Rapsodia de Sísifo

por lofredo



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Definiendo los antecedentes de forma

de la novela Gráfica Hojas de Ruta.

Homero y su Lazarillo

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Rhapsodos era un trovador errante que iba de pueblo en
pueblo cantando y recitando poemas épicos, a veces acom-
pañado de músicos, a veces solo, y otras, con las familias que
le ayudaban en el espectáculo.
Dicen que los poemas solían ser trozos de las epopeyas homé-
ricas. Lo más probable es que en sus repertorios el Rhapsodos
mezclara un poco de todo, de lo sublime a lo pedestre. Recien-
tes disputas y malentendidos en los Olimpos, sucesos análogos
en ciudades y países del vecindario, refranes, advertencias y
sin duda algo de humor.
El término Rhapsodos sería, a su vez, una fusión de coser o
zurcir, con cantos, poemas y música de flautines, panderetas,
campanillas, percusiones. Bailes, gestos y saltarines. Nos ima-
ginamos un espectáculo diverso.

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Pulp Fiction (1994)Quentin Tarantino

Entonces, el Rhapsodos zurcía en un espectáculo trozos de historias, mitos y epopeyas de muchas fuentes; voces en tránsito, noticieros ambulantes. La rapsodia era ese espectáculo: poemas, cantos, cuentos y noticias que los trovadores cosían como los iban hallando.

La rapsodia pasó a ser una costura de cantos. Una manta hecha de gran número de piezas pequeñas de paño o tela de diversos colores. Una cobija de retazos. Un centón: un paño lleno de remiendos, decían por 1250, y más tarde sirvió para referirse a una obra compuesta de combinaciones de sentencias y expresiones ajenas.

El centón pasó a ser una juntura de metros sacados de partes diferentes del poema que varían el sentido que en su lugar propio tenían. De ahí amplió su alcance al de obra literaria, en verso o prosa, compuesta enteramente, o en la mayor parte, de sentencias y expresiones ajenas.

Rapsodia suena apasionada.  La asociamos, quizá injustamente, al rapto sexual, al robo. Como el ‘rape’ inglés, que ya no se distingue de ‘violación’. Rapture. El arrebato religioso. Cercano al éxtasis. Y también al robo. Rapsodia. Cantos robados,  zurcidos, fuera de sitio, fuera de sí. Arrebatos de odas y júbilo. Raptus Seductionis:  apareamiento sin consentimiento de los padres. Raptus violentiae: violación sexual.

Dinosaurios rapaces. Velociraptor en Parque Jurásico. El buitreraptor en Mendoza. Raptores cerca de Potosí. Sesenta y ocho millones de años. Ladrones. Veloces. Inteligentes. Saltarines. Violentos. Rapsódicos. Zoológicos.

En música, rapsodia, rapto y arrebato se rencuentran apasionadamente con los centones de episodios, los zurcidos de cantos, los trovadores y palabreros itinerantes. Furia, forma, plagio, identidad y disolución.

La Rapsodia de Sergei Rajmáninov es una obra para piano y orquesta compuesta de 24 variaciones sobre el tema del Capriccio 24 para violín de Niccolo Paganini. Para resaltar la diversidad de tonos, color y emociones que incorpora y la libertad estructural, Rajmáninov denominó Rapsodia al conjunto diferenciándolo de las formas clásicas del concierto o la sinfonía.
Aparicio Retaguardia siempre disfrutó con los mapas de todos los tiempos. Como tantos niños que crecieron encerrados en ciudadelas amuralladas, el Reta viajaba acariciando las hojas del Atlas que encontraba. Atlas era un Titán hijo de Titanes y ancestro de la humanidad. No aparece en el Quién es Quién del libro del Génesis porque no cotizó para las primeras ediciones. Atlas era el duro de la familia. Cuando salían de viaje era el que cargaba las valijas. Su hermano Epi era un despistado. El otro, Prometeo, era el más despierto. Un tipo fogoso, Piroclepto le decían en el barrio. Se robaba los fósforos del kiosco y se los regalaba a los chicos para que encendieran fogatas y porros en la playa. El capo lo sancionó excesivamente. Que te coman de día el hígado los buitres, duele. Que te crezca de noche y se repita el episodio toda la temporada, es una desgracia.

La pasión de Sísifo era las redes de desagüe  y tenía valiosos conocimientos que aportar, conocía un centenar de maneras de copar con la infinita capacidad del ser humano de orinar, defecar y hacer brotar basura y deshechos como flores en primavera, a cada instante, todos los días, sin descanso. Sísifo empezó en una de esas profesiones que lo marcan de por vida y no lo sueltan. Como las de enterrador, proxeneta, policía o cura.  Son todos oficios injustamente despreciados. Pocos saben y a casi nadie le importa que los cloaqueros hayan hecho más por la salud de la humanidad y su calidad de vida que todos los venerados médicos, poetas, analistas, filántropos y perfumistas que nos atienden. Es que la gente tiene dificultades con quienes se ganan la vida entre mierda, pecados, sexo y muertos ajenos.

Atlas tuvo una hija con un cuerpo que hacía ver a los ciegos y levantaba al más muerto. La chica se casó con Sísifo, empresario de la construcción que con el Ilustre Municipio de Corinto en la nómina de asalariados no perdía un contrato de vialidad, basura, agua o alcantarillado. Aficionado al deporte, Sísifo se armó de todos los clubes de la zona y copó las apuestas. No perdonaba deudas de juego. Para manejar el mercado, se adueñó  de los caminos. Se ocupaba personalmente de todo viajero o transportista que no se le sometiera sin condiciones. Les reventaba el cráneo con una roca de mármol.
Dicen que andaba siempre peleado con su hermano Salmoneo y que consultó al oráculo para ver cómo se lo podía sacar de encima. Celos, negocios, no se sabe. Apolo le dijo que si preñaba a Tyro, su cuñada, los críos se ocuparían de desaparecer al engañado.  Parece que se la dio por las malas, porque la mujer parió y para parar la cuestión degolló a los dos recién nacidos. Hay otras versiones. Una peor que otra. Todo tragedia.

Con tanta teología durante siglos no se le prestó mayor atención a Sísifo. Lo resucitó del anonimato mitológico, un francés que en todas partes siempre fue extranjero. Fanático del único deporte global, el teatro, la verdad en escena y en la cancha de fútbol. Albert Camus, un Rajmáninov de la palabra ordenada, una rapsodia de franqueza. Combativo, comprensible y oportuno.

Más o menos cuando nació Aparicio Retaguardia, a mitad de siglo parecía no haber cómo levantar cabeza.  La gente sin Titanes, sin Olímpicos, sin Profetas y con los Históricos desbarrancándose de holocausto en holocausto. Entonces Camus resucita a Sísifo. Lo rescata como ilustración con potencial dramático, ganchos visuales y esfuerzo muscular que Mel Gibson o Stallone podrían haber aprovechado si les hubiera tocado producir en un Bollywood de la Rive Gauche con Jacques Tati como De Gaulle.  Ese es el Sísifo que heredamos los coetáneos de Aparicio Retaguardia.

Lo que reaparece es la secuencia cinematográfica del castigo que, comparado con lo de los buitres y el hígado de Prometeo, resulta a primera vista más idiota que sádico, más aburrido que doloroso.  Allí se cuela el sin sentido del disparate de empujar la piedra hasta la cima de la montaña sólo para mirarla rodar cuesta abajo y volver a comenzar una y otra vez forever como lo del hígado.

Es un truco de magia, es una escena más fuerte que su significado. Camus la muestra, se imagina una conversación en el intermedio y nos reporta que Sísifo no se queja ni se resigna sino que parece disfrutar el asunto, un poco como lo del albañil de Chico Buarque. Curiosa coincidencia que Sísifo y el albañil hayan estado en el mismo business de la construcción. Todo muy resbaloso porque en el secuestro de la imagen un hombre empuja mármol, deja rodar y recomienza se pierde el prontuario del Fulano.

El prontuario, los antecedentes penales del hijo único de la mismísima chingada. Sísifo no es un trabajador de las canteras de Carrara, no es un albañil armando los legos de un rascacielos de la City Paulista, Sísifo fue malo y lo que finalmente lo dejó realmente mal parado fue pasarse de vivo con la Gerencia.

Una posible adaptación de Tarantino empezaría con la muerte de Sísifo en un tiroteo salido de un jaque de tres a la mexicana. En su agonía Sísifo, arrepentido, admite sus maldades y ordena a su mujer que no le de Cristiana Sepultura y deje su cuerpo tirado en la Plaza de Corinto para que se alimenten los zopilotes. La siguiente escena ocurre en los socavones del bajofondo donde terminamos todo, tarde o temprano. Sísifo negocia con Hades, encargado del Final Recinto. Le cuenta que su mujer no había pasado la prueba de lealtad matrimonial al dejarlo descomponer a picotazos en la Plaza y pide un pase para regresar y castigar a la Viuda.  Consultan con Gerencia y le dan tres días de licencia sin goce de sueldo. Sísifo sube, la revienta, se escurre y se niega a volver al inframundo.

Quentin Tarantino no suelta: Zeus furioso manda a La Muerte en persona a traer encadenado al No Muerto en rebeldía. La Muerte lo encuentra y Sísifo reincide en pretender arrepentimiento. Llorando mares se declara confuso y pide a La Muerte que le muestre cómo engrillarse debidamente. En un caso único de ingenuidad funeraria, la Huesuda le muestra cómo se usan las cadenas y termina enredada al respaldar de la catrera.

Es entonces que el Supremo convoca al Buró Político y deciden lo de la roca de mármol y  el eterno aburrimiento.  Para Ellos el único crimen realmente inaceptable de Sísifo fue burlarse de la Huesuda. La muerte no es castigo, es un cambio de fase. El castigo es Abulia y Seguir Siendo. Por los siglos de los siglos. Mercadeo Telefónico Sin Salida. Peor que lo del hígado. ¿Sí o no?

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“Ahora quiero mi Parte”
Pursuit of Happiness Party

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LA CONSTRUCCIÓN

Letra y Música: Chico Buarque
Traducción: Daniel Viglietti

Amó aquella vez como si fuese última,
besó a su mujer como si fuese última,
y a cada hijo suyo cual si fuese el único,
y atravesó la calle con su paso tímido.

Subió a la construcción como si fuese máquina,
alzó en el balcón cuatro paredes sólidas,
ladrillo con ladrillo en un diseño mágico,
sus ojos embotados de cemento y lágrima.

Sentóse a descansar como si fuese sábado,
comió su pobre arroz como si fuese un príncipe,
bebió y sollozó como si fuese un náufrago,
danzó y se rió como si oyese música…

Y tropezó en el cielo con su paso alcohólico.
y flotó por el aire cual si fuese un pájaro,
y terminó en el suelo como un bulto fláccido,
y agonizó en el medio del paseo público.

Murió a contramano entorpeciendo el tránsito.

Amó aquella vez como si fuese el último,
besó a su mujer como si fuese única,
y a cada hijo suyo cual si fuese el pródigo,
y atravesó la calle con su paso alcohólico.

Subió a la construcción como si fuese sólida,
alzó en el balcón cuatro paredes mágicas,
ladrillo con ladrillo en un diseño lógico,
sus ojos embotados de cemento y tránsito.

Sentóse a descansar como si fuese un príncipe,
comió su pobre arroz como si fuese el máximo,
bebió y sollozó como si fuese máquina,
danzó y se rió como si fuese el próximo.

Y tropezó en el cielo cual si oyese música.
y flotó por el aire cual si fuese sábado,
y terminó en el suelo como un bulto tímido,
agonizó en el medio del paseo náufrago.

Murió a contramano entorpeciendo el público.

Amó aquella vez como si fuese máquina,
besó a su mujer como si fuese lógico,
alzó en el balcón cuatro paredes fláccidas,

Sentóse a descansar como si fuese un pájaro,
y flotó en el aire cual si fuese un príncipe,
y terminó en el suelo como un bulto alcohólico.
Murió a contramano entorpeciendo el sábado.

Por ese pan de comer y el suelo para dormir
Registro para nacer, permiso para reir
Por dejarme respirar y por dejarme existir
Dios le pague

Por esa capa de grasa que tenemos que beber
Por ese humo desgracia que tenemos que toser
Por los andamios de gente para subir y caer
Dios le pague

Por esas vidas que un día nos van a escupir
y por las moscas y besos que nos vendran a cubrir
y por la calma postrera que al fin nos va a redimir
Dios le pague

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Mantenerse vivos y no enloquecer.  En eso estamos desde hace una semana, cuando el terremoto lo cambió todo para siempre. No ayuda que la tierra siga sacudiéndose. Esta mañana hubo otra réplica. La más violenta. Ojalá que no haya causado más muertes y destrozos.

No reconozco las calles de Port-au-Prince. Delante de lo que fue una escuela hay tres cuerpos medio cubiertos con una sábana celeste. Los pasos y los ojos evitan con cuidado los pequeños cadáveres. Más abajo están los escombros del Sacré-Coeur, la iglesia donde los ricos se hacían bautizar, matrimoniar y enterrar.

Évelyne Trouillot
20 de enero, 2010