9. Fuga de Acordeones

por lofredo

Fuelle Mandarina Dulce TangoBrujo 78 (2007)

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La cena en Portete fue austera y generosa. Se bebió cerveza helada, que después de un día reseco se presta a formas calladas del éxtasis. Hay quienes afirman haber visto hombres maduros, veros guerreros de la distancia, sorber unos tragos y, con la espuma sobre la barba, alrededor de los labios, abrir una sonrisa de alegría y llorar de gratitud por el equilibrio restaurado. El Reta admite haber tenido encuentros cercanos con deidades de cierto rango en virtud del acceso inesperado a esa bebida.

Durante toda la cena se oyó como si llegaran, de un par de ranchos, más allá o más acá, melodías de acordeón. No las acompañaba canto alguno. Al viejo bastonero y al niño no se los volvió a ver. Eran otros los cantantes. Buenos músicos y buenos acordeoneros estaban practicando, armando variaciones de cierta melodía, llevándola hacia un paseo alegre o al desafío de una pulla, con el ritmo del merengue que le mueve las piernas al más tímido de los paralíticos. Acordeones, ¿qué puede haber más cotidiano y normal en un rincón parrandero de La Guajira? Participaban a veces tres, a veces cuatro. Ninguna voz, ni risas, ni bromas. Se callaban un rato, uno retomaba unos acordes a poco fuelle y algo nuevo se vislumbraba; se sumaba otro, y así…

Preparaciones Exequiales Santiago Harker (2005)

¿A quién le ha sucedido estar caminando por una playa tranquila y encontrar, meciéndose entre la espumilla de las olas, un acordeón rojo y de teclas blancas, abierto el fuelle como un abanico, abandonado, con algas delgadas enganchadas en los botones y en las esquinas? Sólo eso, un acordeón que trajo el mar y espera ser recogido, cuidado y resucitado. Puede que sí. Pero puede que se golpee contra las rocas y se desbarate. Ahí está ese y un centenar de metros más adelante hay otro. Este es un Hohnner que al poco informado Retaguardia le parece más moderno, aunque pocas son las diferencias entre ambos. Este es negro y con toques decorativos dorados y amarillos, como para tocar música más fiestera, más bailadora. Ingrid mira la expresión de asombro e incomprensión del veterano Retaguardia y ríe.

¿Y estos acordeones? ¿Así no más botados por todo lado? No siempre, Don Aparicio, no siempre. Hay meses que no se encuentra ninguno y otras veces, como hoy, que lo tenemos a usted de visita, salen a las playas al igual que hace mucho tiempo, más de ciento veinte años, nadie sabe con precisión. Hubo un carguero de esos que tenían motor y se ayudaban con las velas. Humo negro y velas sucias. Llegó por acá cuando pasaba un ciclón cerca de Santo Domingo y para escaparse del coletazo se acercó a Cabo de la Vela y no vio el arrecife. No había faro en esa época. Dicen que el carguero traía cientos de acordeones de Alemania y de Italia. Resulta que los migrantes de esos lados estaban por toda América y querían sus acordeones para espantar la tristeza. Iban para Argentina, Brasil, Uruguay y Chile. Allá se pagaba en oro por un buen acordeón de los Hohnner, o los bandoneones, hasta la armónicas de boca eran apreciadas. Los acordeones permanecieron mar afuera y se muestran de vez en cuando. La gente les da mantenimiento, los ajusta, toca con ellos un tiempo y de pronto, así como llegaron una mañana, ya no están. Algunos se quedan, acaso porque les cae bien el acordeonero o alguna mujer de la zona. Los acordeones también se enamoran y son celosos, así que tenga cuidado. Se llevan bien con los loros más que con nadie.

Comentario: Con ese toque Garcia-Marquiano que atrapa. Para nosotros que hemos vivido y vivimos la experiencia Guajira, estos relatos nos parecen el pan de cada día. Enhorabuena por el libro Gino!
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