EITHEL ORBIT NEGRI

por lofredo

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EITHEL ORBIT NEGRI
a  LOS 50 AÑOS del egreso de la 8va. promoción del Liceo Naval Almirante Brown. – 1958-2008 –
 
Sólo una cosa no hay. Es el olvido
Dios que salva el metal, salva la escoria
y cifra en su profética memoria
las lunas que serán y que han sido.
Ya todo está. Los miles de reflejos
que entre los dos crepúsculos del día
tu rostro fue dejando en los espejos
y los que irá dejando todavía.
Y todo es una parte del diverso
cristal de esa memoria, el universo;
no tienen fin sus arduos corredores
y las puertas se cierran a tu paso;
Sólo del otro lado del ocaso
verás los Arquetipos y Esplendores.
 
Soneto de Jorge Luis Borges

Ya en el segundo ocaso, tal vez tocado todavía por el esplendor último,

he regresado convocado por ustedes, para ustedes, alumnos de la octava promoción, aunque no al viejo ámbito familiar.

Fiel a mi mismo y fiel seguramente a la imagen que la terca memoria de ustedes, acaso se haya empeñado en preservar,

he regresado de la mano de un poeta, he regresado de la mano de Borges.  ¿Qué mejor compañía para

un reencuentro?

¿Dónde estarán? pregunta la elegía
de quienes ya no son, como si hubiera
una región en que el Ayer pudiera
ser el Hoy, el Aún y el Todavía

Como un eco, repito la voz del poeta: ¿Dónde estarán aquellos adolescentes del 56, siempre a mitad de camino entre las rigideces que les imponía el uniforme aun el de fajina, nunca del todo blanco en verano, menos comprometedoramente azul en el invierno, siempre a mitad de camino entre esas aceptadas, insoslayables rigideces, y las fugaces ternuras del abandono? ¿Dónde estarán aquellos profesores del 56, siempre a mitad

de camino entre el imperativo docente de la exigencia y las puertas abiertas del afecto entrañable, a la confidencia pudorosa, a la certidumbre de la comprensión? ¿Dónde estará aquel profesor todavía dichosamente joven (pantalones grises, saco azul, corbatas a veces detonantes) que les robaba, perversamente, la dicha del diez –privilegio de los dioses- y aun la del nueve, vanidosamente reservado para sí mismo?

Aquí están, aquí estamos:

En un instante que hoy emerge aislado,
sin antes ni después, contra el olvido,
y que tiene el sabor de lo perdido,
de lo perdido y recuperado.

Aquí estamos, en este nostálgico y terrible ejercicio que es recordar, en esa casi vana tentativa de anclar en el río fugitivo, de sustraernos a su impetuosa, a su inexorable corriente.

Contrariando a Borges, no dejaré que sea “el ciego azar” ni sean las “secretas leyes” quienes impongan el derrotero de nuestra travesía de hoy. Voluntariamente (tal vez “abusivamente”) leeré para ustedes una versión “aggiornada” del poema de Carlos Shagún “Aula de química” que leí en mi primera clase evocativa, al recordar la 13ª Promoción los 25 años de su egreso del Liceo Naval Militar.

Si vuelvo la cabeza, si abro los ojos, si echo las manos al recuerdo, hay unas cajonadas de madera oscura, y encima de una mesa

-de una mesa con pretensiones de escritorio- los papeles inmóviles del tiempo, y detrás

un hombre acaso yo un hombre bueno, honesto. No tiene –o tal vez ya lo tiene- el pelo blanco. Tiene -eso sí-, tenía el corazón volcado en la pizarra, o en el libro, el mapa o en los tubos de ensayo, cuando explicaba los arduos polinomios, esa abstrusa gramática, los ríos poderosos, la fórmula del agua. Entonces, sí. Por las paredes, como un hombre invisible, entraba la alegría, echaba a los cadetes los brazos por los hombros, soplaba en los cuadernos, duplicaba las malas notas, les traía en la mano mil pájaros de agua, y de luz, y de gozo…

Y todo era sencillo. Los números volaban por el aire; y la Sintaxis y la Morfología -siempre tan inquietas, siempre recatadas- subían los andamios de la brisa; y en los mapas, el caos estallaba; los ríos desafiaban el desierto, las llanuras se volvían montaña; reventaba de asombro el cristal de los tubos de ensayo, se alzaban surtidores, taladraban el techo: y los graves varones de la Historia se escapaba, felices, de la inmovilidad de las estatuas. Y todo era sencillo. Era sencillo entonces: era el amanecer de amor puro, la fragancia celeste de las primeras novias. Y ya no era necesario saber nada: que la sal era sal -no cloruro de sodio- y la rosa era rosa -y no un pretexto horrible para una examen de Botánica- que el espejo era espejo -y no una previsible metáfora del agua-. Ya habría tiempo de aprender -eso pensaban, adolescentes cadetes del 56-:

Hay que tocar la vida, el agua, abrir los brazos como para abrazar una cintura blanca.

Y nos dijeron, y me dijeron: Profesor, hasta el tiempo del agua químicamente pura

te espero. Eso fue ayer. Pero aquí estamos: hemos regresado del ayer, pero no solo, con ustedes. No sé si todo está como fue entonces.

Nuestro territorio, nuestra isla, está en el pasado. En la necesaria fugacidad de este reencuentro hemos intentado rescatarlo, salvarlo del olvido,

que es una de las máscaras de la muerte.

Todo era fácil, nos parece ahora,
en el plástico ayer irrevocable…
Es de nuevo la voz del poeta:
Esas cosas pudieron no haber sido…

Pero fueron, respondo desde aquí y desde ahora a esa voz entrañable. Y es esa certidumbre inapelable la que nos ha reunido. Frente al misterio del futuro, que todavía no es, frente al inasible presente, “que en un punto se es ido y acabado” (como ya nos advertía severamente, hace cinco siglos, Jorge Manrique), acaso sea el pasado lo único que poseemos verdaderamente, lo único que no se nos puede arrebatar.

Las tardes que serán y las que han sido
son una sola, inconcebiblemente.
Son un claro cristal, solo y doliente,
inaccesible al tiempo y a su olvido.
Son los espejos de esa tarde eterna
que en un cielo secreto se atesora.
En aquel cielo están el pez, la aurora,
la balanza, la espada y la cisterna.
… … … … … … … … … … … …
bien puede ser que nuestra vida breve
sea un reflejo fugaz de lo divino.
La tarde elemental ronda la casa.
La de ayer, la de hoy, la que no pasa.

A lo largo de tres años de los cinco de su bachillerato hemos hablado. Eso vulnera cualquier despedida: nuestras voces seguirán dialogando para siempre. Ningún viento, ninguna tempestad podrán arrancarnos de ese mágico recinto del tiempo en que hemos querido anclar.Ahora que miro a mi alrededor, en “otro” Liceo Naval, frente a un paisaje humano necesariamente diferente, no puedo repetir con la letra de ese tango que tanto me gusta, que “veinte años no es nada”. No: cincuenta años es mucho. Quisiera que volvieran del pasado las figuras queridas, que pudiéramos misteriosamente, y por un solo instante, estar en aquellos días aurorales, para repetir los gestos del entusiasmo, las ceremonias de la esperanza.

“Esas cosas pudieron no haber sido…” Pero fueron. Y me dijeron: “Profesor, hasta el día del agua químicamente pura te espero”. Gracias, queridos alumnos de la octava promoción. Gracias por haberme esperado.

Eithel Orbit Negri