Un Cuento del Más Allá (Eagleman)

por lofredo

Dios decidió desde el comienzo que todo ser humano tendría vida después de la muerte. Pero no lo pensó con detenimiento, se descuidó en los detalles y pronto las cosas se complicaron por cierta confusión respecto a la edad. ¿Qué edad tendría cada persona después de muerta? ¿En el más allá? ¿Debiera esta abuelita existir aquí con la edad que tuvo al morir, o se le permitiría vivir como una mujer joven, reconocible por su primer amante pero no por su nieta? Dios decidió que sería injusto mantenerlos con la edad que tuvieron al morir, cuando ya escaseaba su belleza y alegría. Y permitir a todos vivir eternamente como jóvenes libidinosos tampoco funcionó porque pronto el más allá degeneró hacia una descontrolada cacería sexual. Él también descartó la tediosa madurez en que los humanos se interesan sólo en los hijos y las hipotecas.

Finalmente Dios tropezó con una solución ingeniosa al observar el ramillete multicolor que surgía de la descomposición del rayo de luz blanca que atraviesa el prisma de cristal. Desde esa inspiración divina, cuando llegas al más allá te divides en seres de todas las edades posibles. El Yo que existía como una identidad singular es ahora simultáneamente de todas las edades. Estas partes ya no envejecen sino que permanecen eternamente sin edad y trascienden el tiempo.

Hay que acostumbrarse. Tus varias versiones pueden toparse en una tienda tal como sucede con personas distintas en la vida terrestre. Tu versión de setenta y seis años puede volver a su sitio favorito junto a un arroyo y encontrarse allí con un sí mismo niño de once. Tu Yo de veinte y ocho puede romper con un amante en un restaurante y ver, al mismo tiempo, su versión de treinta y cinco lamentándose con tristeza frente al sitio vacío.

En general tus versiones disfrutan encontrarse porque comparten el nombre y la historia personal. Pero tus otros Yo son más críticos de sí mismos que de los demás, de modo que cada uno pronto detecta hábitos irritantes en los otros. Son cosas del más allá: no te sorprendas al descubrir que después de la descomposición por edades las versiones tienden a ir por su propio camino.

Descubres que el Vos de ocho años comparte menos de lo que esperabas con el Vos de treinta y dos y el de sesenta y cinco. El Vos de diez y ocho comparte más con otros de diez y ocho que con tu Vos de sesenta y tres, mientras que éste se siente a gusto charlando con otros de su misma generación. Aparte del mismo nombre tus Vos tienen poco en común.

Pero no debes desesperar: la hoja de vida compartida – padres, lugar de nacimiento, escuelas, primeros besos – tiene cierto magnetismo, una atracción nostálgica. De vez en cuando estas voces organizan un encuentro, una especie de reunión familiar donde juntan todas tus edades en un mismo sitio. En estas reuniones los adultos disfrutan haciendo morisquetas a los bebés y pellizcando las mejillas de los niños y los adolescentes escuchan respetuosamente las anécdotas y los consejos de los más viejos.

Se trata de un grupo de individuos que busca con emoción un tema en común. Juntos desean que el nombre aporte estructura y unidad al conjunto pero se percatan de que el apelativo que existía en la Tierra, el Vos que se desplazaba de una identidad a la siguiente, resultó como un zoológico que impone vecindad a especies desvinculadas.  Las versiones descubren con asombro la complejidad del compuesto de identidad que existía en la Tierra. Temblorosos llegan a la conclusión de que tu Vos Terrestre está totalmente perdido, que no pudo subsistir la refracción temporal en el más allá. Admiten que Tú fuiste todas esas edades, que fuiste todas y ninguna.

Publicado en SUM: 40 Tales from the Afterlives, de David Eagleman.- Traducción, Gino Lofredo.

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