La Deuda

por lofredo

Es un trámite necesario e intrascendente. Él está en un local mal iluminado de paredes sucias y muebles viejos. Hay una cola de clientes que esperan la atención de dos empleadas ya cansadas hacia el final de la jornada. Sus anteojos estan sucios. La cola se divide en dos para facilitar la espera. Él avanza un puesto. Mira su reloj y constata que pronto van a cerrar y no podrá completar el trámite ese día. La mujer que espera a su lado comparte la preocupación.

Es un local que podría ser un banco o quizás una oficina de la agencia de despacho de giros monetarios, la que antes se llamaba Western Union. El local está en el barrio antiguo de la ciudad. Está en la planta baja de una vieja casa residencial transformada en comercios y ahora en oficinas. Techos altos desde donde iluminan pálidos tubos de neón, rodeados de telarañas e insectos secos. La luz vieja es blanca como una línea de tiza en un pizarrón grisáceo. Un subrayado de una palabra irreconocible.

Él intenta tramitar algo que satisface una obligación lejana, ya casi olvidada. A veces intenta reconstruir los antecedentes pero no lo logra. Cuándo asumió la deuda? Cuál fue el monto inicial y cuándo quedará saldada? Quién fué el acreedor? Quién es el beneficiario?

Siente necesidad de orinar. Necesita salir de la cola y orinar. Calcula que tiene tiempo ya que quedan tres clientes por atender delante suyo. La puerta del baño está junto a las colas. Cierra la puerta y la traba. Se mira en el espejo y piensa que hubiera preferido no verse. En un banco normalmente no hay baños para atender al público. Quizás el sitio no sea un banco ni una oficina de transferencias y pagos de cuentas. Trata de recordar el trámite por el que espera y no recuerda.

Haberse refugiado en el baño resultó ser un modo de evadir la cola. De pasar el tiempo. Dejar que se acabe el tiempo y entonces poder suspender la gestión hasta otro día? Sin embargo piensa que cuando completara el trámite podría morirse tranquilo. Se le ocurre que la oficina es una suerte de purgatorio, un sitio de espera, un sitio donde se pagan deudas y se espera.

En el baño debe haber perdido la noción del tiempo porque al salir encuentra el local cerrado y más oscuro. Está encerrado. Lo dejaron allí adrede o porque nadie se percató que estaba en el baño. Nadie avisó o si lo hicieron él no escuchó la advertencia, el último llamado. Se siente invadido de ira y suelta a gritos un rosario de maldiciones contra la empresa, el personal y su propia estupidez. Quizás la ira misma le ayuda a ajustar la vista a la oscuridad del local y entrevé la presencia de una persona en un catre cama instalado a un lado de la cortina metálica que separa el local de la calle vacía.

Es una mujer. Debe ser la guardiana nocturna.

Es alta y delgada, de pelo negro largo y unos 40 años y si bien fue alguna vez muy atractiva no es ahora despampanante. Sin embargo él siente una atracción física natural y el contexto hace que se acerquen y se rocen sin mayor pasión. Ella no se involucra en las caricias y el tiempo pasa sin satisfacer el deseo. Él siente cierta frustración que pronto se disipa.

En el local aparece un hombre joven con el pelo teñido de rubio. Es alguien que vive allí dentro y conversa con la mujer. Él piensa que el joven inesperado podría ser quizás un amante celoso que al escucharles antes se presentó en la situación.

El hombre –nuevamente—se esconde en el baño y traba la puerta con pasador como si no quisiera ser sorprendido o interpelado. Desde allí puede escuchar la conversación. Hablan de cosas sin importancia, incomprensibles, chismes de barrio. Transcurrido un rato el hombre sale de su escondite y ve que está aclarando afuera. Está amaneciendo y es la hora precisa en que comienzan a cantar los pájaros. Los trinos que atraviesan la cortina metálica le llegan disminuidos. Aclara rápido y se enciende el movimiento del día aún fresco.

La mujer abre la portezuela recortada en el enrollado metálico y desde afuera la levanta con violencia. El hombre sale a la calle que parece pertenecer a una ciudad cambiada, en plena destrucción expansiva, dedicada a refundarse y olvidar conlos derrumbes y las construcciones, los años de tumultos y sometidos.

Una cuadrilla frenética de jóvenes se mueve entre escombros y despeja brotes de formas en gestación. Del cielo cuelgan cables de acero trenzado marcados de verde y de rojo, y otros de un naranja metálico y encendido. Algunos trabajadores se montan en los estribos espaciados en el cable y tomados de un anillo se dejan trasladar entre tareas. Una grúa impersonal los mueve en el espacio y desaparecen. De otros cables y plumas penden canastos de hierro con piezas complejas y materiales vibrantes que al hombre aparentan estar vivos.

En la actividad matutina él casi no reconoce el barrio por el que transitaba el día anterior en dirección a la oficina de gestiones. No se explica los cambios a no ser que los contrastes de luz entre la tarde y la madrugada estuvieran desorientando su memoria. Se dice que no debe preocuparse y se recuerda que la sensación de percibir el presente como carente de referencias, esa desorientación, se le ha vuelto más frecuente en los últimos meses.

Decide preguntar a un hombre que por su aspecto más maduro y por el casco amarillo parece ser el capataz o al menos estar supervisando esos trabajos. Tiene algunos pelos blancos en las patillas y su bigote está recortado con prolijidad. El hombre le sonríe con ternura como si leyera el desconcierto en el rostro del extraviado. Casi antes de que pudiera comenzar a explicarse el hombre lo tranquiliza y acomodándose el casco le indica que tome uno de los cables verdes y luego un rodante hacia dónde necesite trasladarse. Él entiende las instrucciones pero nota que no reconoce del todo el idioma en que le habla el supervisor. Piensa que podría ser eslavo o quizás afrikaans. Se siente agradecido y quiere expresarlo estrechando la mano del supervisor. El gesto dura sólo un instante y de inmediato el responsable retorna a su tarea y él pasa a mirar con atención la dirección del movimientos de los cables coloridos como quien busca entre el tráfico las marcas distintivas y los números de línea de las busetas que podrían acercarle a su destino.

Cuando finalmente identifica el cable al que se subirá se le acerca una mujer que recuerda haber visto en el centro de gestiones el día anterior. Ella le reconoce y sonríe. Es la señora que recibía los documentos al frente de la fila en la que él se había ubicado. Se le ve descansada, tiene el cabello rizado todavía húmedo y el maquillaje fresco resalta su mirada divertida, contagiosa. La mujer le da a entender que le estará esperando por la tarde en la oficina para recibir los documentos y adelantar la gestión. Sus labios estan abrillantados de rosa. Retomando su caminar hacia el trabajo le dice que no se olvide y que le estará esperando. Él la ve alejarse y nota el traje estrecho de oficina y el calzado negro de tacones.

Mientras calcula el paso que tendrá que dar para elevarse en el cable — pisando el estribo y tomado del anillo — piensa que la dama sin duda le conoce desde hace tiempo y se propone con firmeza recordar los detalles antes de volver a verle por la tarde.

ACACACA

Anuncios